Un vacío en cada espacio

Una de las venganzas del destino hacia los exiliados es la inestabilidad, el desequilibrio emocional que se manifiesta en inquietud geo-gráfica. El cubano deja su patria y se instala en Miami. No está contento, porque siempre añora su tierra. El que vive en New Jersey se gasta media vida hablando de Miami y en la primera oportunidad se va de vacaciones al sur. Finalmente se mudan y dicen estar contentos, aunque algunos repiten que desean alejarse del “cubaneo”. Paradójicamente, Miami está también repleta de gentes de otros pa-íses y hay que irse de Miami. Posiblemente ése sea el pretexto de paso. En cualquier circunstancia el fin es irse a otro lugar. “Si estubiesémos en Cuba sin Fidel no nos pasaría esto”, dicen. Ya no están contentos fuera de Miami, tienen que inventar otro lugar. Tienen que seguir huyendo. Ya no saben precisamente de quien. Son libres de decir y hacer todo lo que les venga en ganas. Materialmente tienen más de lo que pudieron haber soñado en su país, porque son luchadores, imaginativos, acarrean en ellos casi una misión de “superarse”. Pero no están contentos en ninguna parte. Contentos del todo. Geográficamente satisfechos. Y asi seguiremos inventándonos paraisos hasta que seamos capaces de entender que nuestra búsqueda ruge en el laberinto de lo ignoto.

Sarcásticamente, hemos escapado de una maldición materialista para caér en las garras de otra realidad imperceptiblemente desgarrante. Al encontrar la libertad en espacios extranjeros hemos quedado atrapados en la incon-sistencia de la esperanza vital: el regreso. Y no nos hemos percatado de que entre los dos, el tiempo se ocupó de desplazarnos, prometiéndonos en todo momento que regresaríamos al punto de partida pero cuidándose mu-cho de cultivar nuestra desorientación inicial; asi quedamos apresados por los péndulos de su infinidad. La mayoría no encontrará ese sentido de identidad del que huyendo constantemente busca sin cesar, porque aún en Cuba no estará familiarizada con una sociedad (para la mayoría del exilio) desconocida. Esta será la mas afilada ironía del azar, incluso aceptada por algunos que dicen que en Cuba ya no estarían bien por tal o mas cual razón.

Al dejar su tierra el cubano jamás a dejado de amarla. Quizá en el exilio se ha sentido más cubano que el Güanabacoa o en Cubitas, pero tiene un precio que pagar, como nos dice Czeslaw Milosz en uno de los ensayos mas completos que se hayan escrito sobre el exilio: “Hemos sido catapultados hacia la historia…..Entonces llegamos a la conclusión de que el exilio no es sólo un fenómeno físico de cruzar fronteras, porque crece en nosotros, nos transforma interiormente y se convierte en nuestro destino.”

El exiliado cree haberle hecho una jugada al azar porque evadió un futuro infelíz. Pero hay sorpresas. El desquite es una inconformidad geográfica, hasta cierto punto patológica, que como en un cuento de Borges delira en pesadilla. En nuestro caso hemos encontrado libertad espiritual, pero hemos sido traicionados por el espacio. Estamos encerrados en una “sirimba” geográfica de la cual la mayoría no escapará.


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