Political Reporter #20

Political Reporter #20 Editorial
Si usted analiza las contradicciones de los mensajes mixtos con que nos bombardean diariamente, llegará dos conclusiones: nos están mintiendo para tapar un gran desastre o se están burlando de nosotros. Por ejemplo, tome usted el asunto de la bolsa de valores y el estado nervioso que crean los especuladores en combinación con las agencias informativas y compárelo con las noticias una brillante economía, un surplus cuya cantidad mantendría a este país en estado sólido por los próximos diez años. Es un contraste asombroso. Por un lado nos aseguran el el gobierno de Clinton había realizado maravillas en la economía del país, ahora, en unos cortos meses, estamos amenazados por una crísis que pone a todo el mundo a correr, vendiendo sus shares o sacando el dinero de la bolsa de valores. Por otro lado, la gasolina no bajó de precio, la luz y el gas por el cielo, para pagar la hipoteca de una casa tiene que trabajar hasta la abuela, los artículos de primera necesidad suben, un automóvil nuevo es algo asi como una inversión en una propiedad y… los seguros, ni hablar de los seguros. ¿A dónde está la mejoría, a dónde está el surplus y la maravillosa economía? ¿Qué validéz tiene el mensaje oficial? ¿A dónde fueron a parar las promesas-hechas realidad en boca de muchos-de las campañas presidenciales de los últimos dos términos? ¿En qué quedó el famoso “puente hacia el siglo XXI”?

¿Qué sucedió con la reforma en el campo de la medicina y con la reforma educativa? Específicamente en el estado de New Jersey, podemos citar las promesas de la ex gobernadora Whitman cuando se comprometió a bajar las criminales tarifas de los seguros de automóviles.

Los impuestos de propiedad en algunas empobrecidas ciudades del Hudson County se asemejan a los que pagan los residentes de los más exclusivos barrios de California.

Lo curioso de esto es que ya existen personas que aseguran que George W. Bush, en unos cortos meses ocupando la presidencia, es el causante de muchos de estos problemas.

El legado de Clinton ha sido verdaderamente patético y no estamos hablando del problema moral solamente. Si se realizaron todas estas maravillas en ocho años ¿por qué poner al país en estado de sitio económico? ¿Por qué, de un día a otro la bolsa de valores tambalea y grandes corporaciones comienzan a despedir a miles de empleados?

Mientras tanto, los ciudadanos continúan consumiendo. Si usted va a un Mall está repleto. Si usted va a un cine o a un concierto de rock, o a un casino o a comprar el periódico en la esquina, encontrará a muchas personas gastando su dinero-y el que no tienen-en juegos de azar, en lujos innnecesarios, en artículos que jamás usarán o que usarán por un día. También se gasta una astronómica cantidad de dinero en drogas. Y en pistolas, rifles y todo tipo de armas. Y en fiestas. Y en regalos. Y la economía temblando y todo el mundo gastando.

Algo está mal en este cuadro.

Sin embargo, se puede llegar a algunas conclusiones. La disparidad entre el mensaje y la realidad abre el camino de la duda. O todo este nervioso teatro es una ilusión más que forma parte del sueño américano-que puede fluctuar entre estado de estupor o pesadilla-o el estado de las cosas está a punto de estallar. Mientras fluctúa la bolsa se vende más, se gasta más. El pasado año los norteamericanos se endeudaron por la cantidad de un trillón de dólares usando tarjetas de crédito. Mucho de este gasto es promovido por la misma prensa en tiempos de fiestas navideñas. Al mismo tiempo cada día entran más emigrantes, que a su vez procrean nuevos ciudadanos. La población crece, es gasto aumenta, los precios suben, la diferencia entre el dinero que gana un 10% de la población y el resto es inquietante. Las compañias de tarjetas de crédito dictan leyes en el congreso, el cual el pasado mes se convirtió en el cobrador-policía de éstas, pasando una ley diseñada en 400 páginas (que la mayoría de los políticos no leyeron) por los magnates del plástico. Todo el mundo se queja. Todo el mundo quiere venir para este país. Y el billete sigue corriendo. Y el globo, como una olla de presión continúa inchándose.

Es un asunto de sentido común pensar que en algún momento el globo estallará si no se controlan las epidemias. La epidemia de las drogas, la de una industria médica materializada, la de una sociedad donde los valores humanos han tomado un segundo lugar al dinero, la de un país que celebra la violencia y la inculca en nuestra juventud por medio de la televisión y el cine. Si no se controla el hecho de que una gran parte del universo está esperando el momento oportuno para emigrar a Estados Unidos. Si no se ejerce una conciencia de compromiso con la verdad en los medios informativos y se continúa con la política del abuso del poder corporativo, mientras gente como los Clinton dictan la pauta a seguir a las nuevas generaciones, no hay que ser un genio para percatarse de que esto no va bien, aunque las luces y el dios tecnológico y los buropolícratas en sus empanadas demagógicas nos repitan una y otra vez que el futuro jamás ha estado más cerca del éxito. No hay que ser un economista para entender que entre lo que se dice y lo que está sucediendo en la bolsa de valores, en el sistema educativo, en los centros de $alud, en las calles y los corredores del capitolio de este país es un claro síntoma de decadencia, cuyo diagnóstico no es precisamente saludable.


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