Moisés y Verónica Penate: escribiendo con esfuerzo las mejores páginas del largo exilio cubano.

Rafael Román Martel

Conocí a muchos cubanos a mediados de los 70 y hasta los 80 que expresaban cierto temor al visitar La Ciudad. Una minoría de los jóvenes cubanos de aquellos años 70, en plena explosión de fenómeno cultural llamado Disco, iban a bailar a la Gran Manzana. Para muchos cubanos exiliados la vida noctura de la ciudad no gozaba de buena fama. Y es que los sucesos se regaban como pólvora por la comunidad, estrechamente atrincherada en Union City. Un primo de nuestro amigo, Ricky Sordo, murió baleado en las calles de Manhattan. Lo que es hoy un centro turístico internacional en la calle 42 era un nido de ratas: no se podía caminar por aquella calle llena de cines exhibiendo películas pornógraficas sin que te ofrecieran constantemente drogas o las prostitutas prácticamente te cayeran encima ofreciendo sus servicios.

“Nueva York es tremenda ciudad pero yo no vivo ahí ni regalado” era una frase popularizada en la comunidad cubana referente a la ciudad.

Regalados no, pero pagando una renta de $72 al mes y sosteniendo dos y hasta tres trabajos, un grupo de cubanos se había establecido en el mismo centro de Hell’s Kitchen, uno de los barrios más viejos e históricos de la ciudad, que corre desde la calle 34 hasta la 59 y de la Octava Avenida hasta el río Hudson. Hacia la segunda parte de los 60 se convertiría en uno de los más violentos y peligrosos de la ciudad. Era una época ensimismada en prevalecer sobre los cambios que agitaban a los Estados Unidos. Los Westies azotaban a Hell’s Kitchen con una violencia sin precedentes. La guerra de Viet- Nam era esperada todas las noches en los noticieros de las séis, mientras Richard Nixon sazonaba el futuro político del universo con Henry Kissinger y la política tridimesional, que culminaría en la apertura a lo que es hoy una China económicamente democrática. Los cubanos, al margen de esta turbulencia, cargaban en sus maletas emocionales la realidad de dejarlo todo atrás y trazar una nueva ruta que ha dejado huellas imborrables en la historia de lo que es el exilio cubano.

Verónica y Moisés Penate, naturales de Cienfuegos, arribaron a Nueva York en 1966. “Había también en ese Nueva York de aquellos años una atmósfera de respeto, donde en el West Side de Manhattan se había establecido un gran comunidad irlandesa”, nos dice Verónica. La comunidad cubana era pequeña pero unida y estaba abierta a las muchas oportunidades de trabajo que ofrecían los innumerables centros laborales, sobre todo en el Garment Center, confeccionando ropas e hilvanando telas que se repartirían por todo el país y el exterior.

Como la mayoría de los cubanos que se establecieron en el noroeste por entonces, Moisés comenzó a trabajar en cuanto llegó a la ciudad. Su primer trabajo lo encontró en un Bargain Store, a los pocos días de comenzar consiguió un segundo trabajo lavando platos en China Town, el sector chino del bajo Manhattan.

Rentaron un apartamento en la Novena Avenida y Calle 48 por $72 al mes. Caracterizaba a este país una fuerte economía por la década de los sesenta y la mayoría de las familias vivían con un sueldo, que cubría todas las necesidades y hasta alcanzaba para ahorrar algunos dólares en el banco.

Moisés y Verónica Penate junto a sus hijos, Harry y Virginia, en Nueva York (circa 1975)


Pronto hicieron su primer viaje a Union City, poblada de los cubanos pioneros de lo que sería una de la imigraciones más numerosas y la más exitosa que haya habitado su calles.

Desde la llegada de Verónica y Moisés en 1966 a 1970, Union City comenzó a poblarse de cubanos que hicieron renacer el comercio, dándole vida a la Avenida Bergenline.

Hacia finales de los años 50 abrieron sus puertas en New Jersey los primeros malls, centros comerciales gigantescos en las cercanías de Nueva York. El Garden State Plaza y el Bergen Mall hicieron su aparición y comenzaron a hacer estrágos en los pequeños negocios de la Avenida Bergenline. Entre los últimos años de la década de los 50 y el principio de los 60 comenzaron a desaparecer muchos de éstos, el público prefería comprar en los malls, que eran entonces toda una novedad. Fue también por esta época que la primera maestra cubana, Esperanza Escobar, ejerció en Emerson High School, escuela legendaria que fuera fundada en 1915 hasta su cambio de nombre en el 2008 y por donde generaciones de cubanos cursaron estudios pre-universitarios desde el final de los sesenta hasta los noventa. La segunda maestra cubana que ejerció por 37 años la vocación en Emerson High School fue Adela Vazquez; las dos abrirían las puertas e inspirarían a docenas de cubanos a ejercer el magisterio en Los Estados Unidos.

“Nos sentíamos muy bien en Union City, todo el mundo era cubano, o por lo menos habían tantos que nos sentíamos como si estuviésemos en un pedazo de Cuba”, nos cuenta Verónica con un toque de alegría y nostalgia en sus ojos.

Comenzó una tradición entre la comunidad cubana de ayudarse, de ofrecerle una mano a sus compatriotas. Así sacrificaban sus sábados y sus domingos en pintar y reparar apartamentos para familiares y amigos que venían en camino.

La revolución escalaba su radicalismo y comenzaba Fidel Castro a dar señas de que lo que le esperaba a la isla era largo y agónico. No obstante, nadie imaginó hasta qué nivel de miseria llevaría el comunismo a los cubanos. Nadie imaginó que la crueldad y la ambición de un hombre se establecería para desbaratar a generaciones de cubanos por más de medio siglo.

La mayor parte de la comunidad cubana que fue a echar raíces en las calles de Manhattan se habían envuelto en una lucha por su supervivencia. La mayoría no hablaba inglés. Sus largos días de trabajo no dejaban mucho espacio para la política. Cuba siempre estaba presente pero un inquebrantable deseo de triunfar a pesar de las bajísimas temperaturas, la barrera del idioma y ser extranjeros en un país desconocido ocupaba la mayor parte del tiempo.

Verónica Penate tenía una gran ventaja; hablaba inglés. Se había educado en el colegio Eliza Bowman, sucursal del colegio Candler, donde se había graduado en 1960. Las tres escuelas en que había cursado estudios, Eliza Bowman; en Cienfuegos, Colegio Candler; en La Habana e Irene Toland en Camagüey tenían en sus curriculums un fuerte componente de idiomas, el inglés siendo el más popular. Tal impacto logró su educación en aquellas magníficas instituciones que Verónica canta todavía, sin omitir una letra, el himno del Colegio Eliza Bowman.

Hacia 1968 La Lupe y Mr. Babalú habían marcado la pauta a seguir para el resto de los artistas cubanos. Triunfaban en la ciudad más grande y competitiva del mundo. La Lupe, a puro talento, había asombrado a los amantes del Jazz con su armónico poder, el resto sería historia para la gran cantante cubana, quien lograría llegar a la cima y caer estrepitosamente en una era en que el arte y sus hijos habrían de confluir en el distrito más peligroso de la noche newyorkina.

En Union City, visitado ahora con mayor frecuencia por el matrimonio Penate, se podían escuchar los boleros de La Lupe, los tambores de Mr. Babalú y si estaba usted de suerte, hasta se los encontraba en una de sus estrechas calles, pues eran ellos también parte del exilio, parte de aquella comunidad que escribió su historia entre la nieve norteña y el sol cubano que llevarían para siempre como recurso de resistencia y de lucha.

Un popular locutor de radio de la época era Manolo Iglesias, a quien llegué a ver en las calles de Union City al principio de los setenta. Todos los días a las doce en punto Iglesias sonaba una tremenda diatriba contra Fidel Castro en lo que era la radio hispana de esta área. Iglesias no hablaba, gritaba con singular furia sus acusaciones e insultos contra Castro y el comunismo.

Curiosamente, Iglesias había sido parte de un comité en Cuba que había recaudado fondos para darle una especie de homenaje al propagandista castrista Herbert Matthews, quien trabajando, consciente o insconcientemente para la Internacional Socialista, impulsó la falsa imagen de Fidel como un Robin Hood desde las páginas del New York Times. Iglesias había formado la directiva de aquel comité y le había entregado personalmente un mapa al relieve de Cuba a Matthews por sus servicios a la causa contra el dictador Fulgencio Batista. El mapa se encuentra hoy en Colombia University, donado por el periodista norteamericano antes de morir.

Dejado llevar por sus pasiones políticas Manolo entraba en una especie de trance. Había sido locutor en Cuba y se hizo popular en la WKDM de Nueva York por los años sesenta.

Un día su corazón no pudo aguantar más y murió de un ataque cardíaco. No se habló más de Manolo Iglesias, quien solía caminar por la calle Bergenline con chaqueta de enormes cuadros y todo encorbatado. Fue uno de los pioneros de la radio hispana en esta gran ciudad.

Las primeras familias de exiliados cubanos que asistieron a misa en Nueva York por aquellos años lo hicieron en la Iglesia del Sagrado Corazón, situada en la calle 51 y Décima Avenida del West Side. Fueron estos cubanos, quienes recibieron mucha ayuda y apoyo de nuestros hermanos puertoriqueños al arribar a Nueva York. Los miembros de la comunidad en exilio comenzaron a comprar ropas y después muchos otros artículos a por mayor en Orchard Street. Después vendían las mercancías en los barrios hispanos, o las llevaban a Union City, donde la mayor parte de la comunidad o bien desconocían o no se atrevían a viajar al bajo Manhattan a comprar en Orchard Street, Delancey o algunas de las otras históricas calles donde hasta el día de hoy-en mucho menor grado-los vendedores compiten puerta a puerta para vender su mercancía.

“Allí comprábamos los uniformes de los niños para la escuela”, relata la señora Penate subrayando que habían arribado a este país con trés mudas de ropas, sin un centavo en el bolsillo y la palabra “Welfare” para ellos, como para la mayoría de los cubanos de aquella época, era un vocablo ajeno que escuchaban en el noticiero de las seis. Para los cubanos recibir Welfare (ayuda del gobierno) ha sido tradicionalmente una imborrable marca de desgracia familiar. La respuesta a los problemas que enfrentaron los cubanos en este país ha sido el trabajo. Su éxito en Los Estados Unidos Unidos no ha pasado desapercibido y en otros casos no bien recibido por algunos miembros de otras comunidades, que estan lejos de conocer la tenacidad y la capacidad competitiva del criollo.

En 1970 los Penate se mudaron para la calle 34 y Décima Avenida. Tres años más tarde Moisés encontró trabajo de Super de un edificio a las alturas de la 207 W y Vermilia en Uptown Manhattan.

El matrimonio Penate celebra el cumpleaños de su hija Virginia en Manhattan (circa 1977)


Los cubanos bautizaron con “El Escambray” al barrio situado entre las calles 135 y 207 en Broadway. Ya en 1970 se había establecido una sólida comunidad en esta área. Atrincherados en los apartamentos de los altos edificios o en los Brownstones de Broadway los cubanos se hicieron populares vendedores de canarios, los cuales criaban dentro de los apartamentos, también negociaban ropas y otros artículos, desde joyas hasta exóticos peces de colores, abrigos de piel, zapatos italianos, radios portables y otras mercancías.

Los “fundadores” de El Escambray de Broadway habían arribado mucho antes. Por los años 1957 y 58 comenzaban a abrir pequeños negocios como Capote, en la 168 y Broadway; la primera bodega cubana en el área del alto Manhattan. En el restaurante El Lucero por $1.25 los clientes comían potaje, carne, arroz con frijoles, postre y una taza de café. Llegó a ser un lugar muy popular en la década de los sesenta. En aquella década y la siguiente los cubanos vendían joyas puerta a puerta, algo que hoy sería como suicidarse.

La familia Penate en el alto Manhattan, cuando vivían en la 207, zona a lo largo de la 137 a la 207, denominada “El Escambray” por los exiliados cubanos. (circa 1979)


El primer cubano que comenzó a vender dulce de naranja y de frutabomba en Nueva York fue Isaías, un polaco (apodo con el que los cubanos identificaban a los judíos en Cuba) que vendía prendas por las calles y a sus clientes se les aparecía después con los dulces preparados en casa.*

Moisés comenzó a trabajar en el Hotel Plaza en 1973. Por esos años también se hizo cargo de un carro de hot dogs (perros calientes), donde su clientela en la 53 y Broadway era tan diversa como los problemas que tuvo que enfrentar pero, como la mayoría de los cubanos que arribaron a esta nación en busca de libertad y una nueva vida nada podría detener a los Penate, que ya eran newyorkinos y tenían dos hijos norteamericanos; Harry y Virginia, que habían cumplido en 1973 cinco y tres años de edad.

Como muchos hispanos hacían sus compras en lo que fue el más popular mercado de Nueva York por muchos años: La Marqueta en la 116 y Park Avenue. Hoy sólo quedan retazos de lo que una vez fue aquel gran negocio.

“Aquellos años en el alto Manhattan me recuerdan a la película ‘El Super’. Era algo muy parecido; la nieve, las calles frías. No era fácil”, nos cuenta Moisés. Y es que el área del alto Manhattan siempre ha sido peligroso. En la 207 de los años 70 se agrupaban pandilleros y todo tipo de personajes estratégicos, aventureros, oportunistas y otros que popularizaron el graffiti hasta nuestros días. “La primera vez que vi graffiti fue cuando nos mudamos para la 207. Era un área difícil y hasta nuestra familia nos había advertido que no nos mudáramos para el alto Manhattan, pero nosotros vimos la oportunidad de trabajo y siendo super del edificio no teníamos que pagar renta. El inglés que había aprendido en Cuba nos ayudó muchísimo y nos habíamos trazado una meta: sobrevivir y triunfar en este país, sacando a nuestros hijos adelante”, narra Verónica quien siempre que tenía una oportunidad iba a Union City con su esposo e hijos. “En Union City nos sentíamos como en casa”.

Mientras los niños atendían escuelas católicas en Manhattan, Moisés comenzaba su día a las cuatro de la madrugada para ir su trabajo en el Hotel Plaza, por la tarde dedicaba un tiempo al carro de hot dogs mientras Verónica se ocupaba de la casa y se mantenía al corriente del edificio por si Moisés tenía que atender cualquier problema que presentaban los apartamentos.

En 1984, después de vivir 18 años en Manhattan los Penate compraron una casa en Union City. Siempre anhelaron vivir en la segunda ciudad con el mayor número de exiliados cubanos en este país, después de Miami.

Ambos hijos se cursaron estudios universitarios. Harry es miembro del cuerpo diplómatico de Los Estados Unidos y Virginia preside una compañia.

Con 25 años de trabajo en el Hotel Plaza, Moisés se retiró, sus compañeros y la empresa hotelera le ofrecieron un homenaje en su último día de trabajo.

En 1984 Verónica comenzó a trabajar en Hudson United Bank. En 1997 se unió a la la Junta de Educación de Union City. Después de 48 años de matrimonio y 42 de haber arribado a este país la pareja se mantiene más unida que nunca y muy activa en nuestra comunidad.

Verónica y Moisés durante su boda en Cienguegos, Cuba, 1960.


Todo el duro trabajo de aquellos años en Nueva York valió la pena cuando ven a sus hijos, dicen.

El 39% de los emigrantes e hijos de emigrantes cubanos en los Estados Unidos son graduados universitarios comparado con el 12% de la población de todos los grupos hispanos y con el 30% de los llamados blancos estadounidenses y europeos en este país (White US population) .

Moisés y Verónica son parte de ese número y de la historia de éxito que han logrado los cubanos en este país.

* Nuestro agradecimiento a Mario Fernández por la valiosa información en este artículo y por su invaluable amistad.

Rafael Martel


One Response to “Moisés y Verónica Penate: escribiendo con esfuerzo las mejores páginas del largo exilio cubano.”

  1. Me gustaria hablar con la familia Peñate pues yo tambien estudie en Eliza Bowman. Me recuerdo de la maestra Teresa Cervera, Idania Fernandez, la directora Mary Woodward, el profesor Medina de Educ. Fisica, Laudelina la de musica que cantaba “Alla en el año 95″ Y muchos mas. Nunca he estado en una reunion de alumnos de E B aunque hace 40 años que vivo por aca, y me gustaria ver algunos “viejos” amigos. (Uno se pone nostalgico despues de viejo…)

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