Mis cincuenta años de Revolución

Rafael Román Martel

Entre los balaústres de la ventana de mi casa observaba como las nubes inventaban figuras de gigantescos animales. Se me antojaban animales buenos. Me exiliaba en aquellas figuras. Afuera otro tipo de animal se había encargado de destrozar los sueños infantiles: las bestias revolucionarias.

Era la Cuba de finales de la década de los sesenta y mis animales de humo y algodón erán todo un gesto de rebeldía.

La gritería organizada, las marchas a echar flores al mar para Camilo, las repetidas raciones de huevo y la escasez de todo, sobre todo la
escasez de libertad, llenaban los días de aquella Cuba, la que quedó atrás, la que nunca nos dejará ni hemos dejado.

En la isla la escasez le juega un doble a los días que ya pesan medio siglo. La revolución viajará siempre con nosotros.

Hemos sido marcados todos los cubanos y seguiremos marcados por ésta para siempre. Ese legado encerrado en el exilio que llevamos cada uno de los cubanos, dentro y fuera de isla, lo arrastremos más allá de nosotros. Para la revolución cubana 50 años de destrucción es sólo el comienzo.

Al principio fue un proyecto, para muchos necesario, hasta convertirse en una pesadilla que ha consumido tanto a sus fundadores como a sus víctimas. Una legión de víctimas, desde el torturador al preso, desde el exiliado que deambula en Estocolmo o Tokyo o New York, hasta el que se sienta a analizar el horizonte en el malecón de la Habana, hasta los miles de ahogados en el estrecho de la Florida o los enterrados en Angola, o los miles de fusilados con balas o con ráfagas de maldad; un mar de víctimas reproducen el dolor.

El físico de la revolución malamente se mantiene, apuntalado por el odio de las víctimas que la sostienen a fusil empuñado, inspirados en paranoia y represión. Las calles de las ciudades cubanas se hunden bajo los aguaceros, las colas, la incredubilidad de los cubanos, quienes refugiados en sus exilios esperan.

Los automóviles de los años 50 y hasta de los años 40 señalan a Cuba como uno de los pocos o quizá el único país-museo del universo. Los mítines de repudio, las violaciones a los derechos humanos, los presos políticos, los atropellados y apestados de la sociedad comunista cubana son sólo parte de la continuidad de la historia desde que el pueblo cubano se tirara a las calles a pedir “paredón” por gente que ni siquiera conocía, a las interminables marchas en forma de promesas vacías que hoy han edificado a millones de hombres y mujeres sin identidad, seres “internacionalistas” : amaestrados al molde de su máximo líder.

La revolución ha moldeado el tiempo y lo ha acomodado a ideas extrañas, a tristes dioses asesinos.

Fue devorando a sus hijos, otros huyeron, a todos asustó con su inconfundible terror y después de 50 años ni vivos ni muertos han escapado de su oscura influencia.

Ha teñido nuestra bandera, nuestra identidad nacional. Ha sacado lo mejor y lo peor de nosotros, tanto en Cuba como en Miami. Ha fabricado héroes de ambos lados del mar y también los ha enterrado en su campo de ásperos centinelas.

Ha dado a luz miles de diminutos y feroces muñecos que no cesan de repetir sus consignas y hasta tiene su propia familia dinástica, fabricada a semejanza de sus padres. Tiene payasos terribles que serpentean fuego y odio de sus fauces. Tiene cementerios privados.

No duerme la revolución. Sus hijos-víctimas somos todos los que hemos nacido bajo ésta y continuamos esperando alguna nube, vestida de animal bueno, que nos libere de una vez y por todas de estos 50 mil años de angustia y de miseria.


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