José Martel (1923-2010)


Union City, Julio 16, 2010-Murió esta madrugada mi padre. Tenía 87 años y hasta el último día de su vida dio una de sus largas caminatas.

No era alto y jamás pesó más de 127 libras pero fue un gigante. Uno de esos hombres que le dio el frente siempre a la vida, la cual no le fue a menudo fácil.

A los ocho años de edad comenzó a trabajar de ayudante a carnicero. Por la noche cuando llegaba a casa mi abuela le preparaba cucuruchos de maní que vendía frente al cine. Logró construir una bicicleta pieza a pieza. No tenía el dinero para comprarse una entera. Pero el hecho de construir su primera bicicleta lo hizo interesarse en la mecánica. Tendría unos 15 años cuando llevó la bicicleta a Varadero para alquilarla los domingos. En aquellos tiempos-final de los años 30- se alquilaban las bicicletas sin el que las rentaba adelantara un centavo, se pagaba cuando se devolvía. A mi padre jamás le robaron una bicicleta. Compró otra y llevaba una de una mano y montado en la otra iba los sábados y domingos a Varadero a rentarlas.

Pronto comenzó a arreglar las bicicletas de sus vecinos y al principio de los años 40 montó su primer taller en La Marina de Cárdenas, su ciudad natal. Prosperó. Trabajaba sábados y domingos. La familia y el trabajo siempre fueron sus prioridades. Llegó a tener 40 bicicletas para vender o alquilar en su taller.

Se había abierto trecho desde la pobreza a fuerza de trabajo y movió la localidad de su taller a la Calle Calzada, llegando a tener 40 bicicletas para alquilar y una considerable clientela.

Siempre fue serio en su trabajo, al que adoptó como una religión. Hacía los años 50 estaba a punto de comprar su casa, cuya parte frontal usaba de taller. Era un inmenso caserón español donde por las tardes corría la brisa de la bahía de Cárdenas borrando el calor sofocante de las mañanas de verano.

Desde muy pequeño me enseñaba a montar los rayos de las bicicletas, lo cual hacía bajo su supervisión en mis vacaciones de verano y cuando llegaba de la escuela. Al final del día me pagaba para enseñarme los valores del trabajo y el dinero. Su taller estaba casi siempre lleno de clientes en una ciudad caracterizada por la cantidad de bicicletas y coches que circulaban por sus calles. Estaba extremadamente orgulloso de sus “ponches” y su lema era “si yo te arreglo un ponche en ese lugar de la rueda no se te poncha más”. Mi padre fue siempre un hombre de paz. Dos veces lo vi al punto de irse a las manos, una fue un señor que reclamaba sus 40 centavos del ponche que decía se le había roto por el mismo lugar en que Martel lo había cojido. Mi padre se sintió engañado e insultado y tuvieron que intervenir varios clientes para calmarlo. La otra fue simplemente “El asunto de la chancleta”, del que siempre nos reíamos con él.

Era difícil sacarlo de quisio pero era también peligroso hacerlo. Evitaba al máximo estar en una situación de violencia pero cuando tomaba una decisión no cedía. Tenía una filosofía muy sencilla: Cuando hay que pelear hay que echarlo todo hacia adelante, en ese momento estás solo y tienes que darlo todo, decía. Esto lo había aprendido en las calles de Cárdenas, donde se inició en la pelea callejera desde niño para que los abusadores no le quitaran el maní que vendía frente al Cine Cárdenas, o el puesto de limpiar zapatos que se disputaban los muchachos duros de la calle. Tenía un sentido extraordinario del peligro de la calle, de las situaciones, de los “personajes estrátegicos”, Estos instintos y valores tanto familiares como de hombría implantó en mí. Le estaré siempre agradecido.

Pasaron muchos años para entender lo claro que estaba el viejo. En mi experiencia en mis años jóvenes en la noche de New York no me sorprendieron ni jamás me amendrentaron los que intentaron faltarme el respeto. Mi viejo me había preparado para enfrentar la vida. Más tarde leyendo “La conjuración de Catilina” de Salustio grabé una frase del general romano que intentó usurpar la república y cayó entre sus primeras líneas. Cuando ante la superioridad numérica algunos de sus generales le sugirieron que se rindiera Catilina, entre muchas célebres frases, les contestó que sólo los locos dejan las armas. Lo que reafirmaba los consejos de mi padre. Jamás buscó una pelea pero jamás dejó sus armas, entre éstas la más valiosa que tenía: su disponibilidad ante situaciones difíciles, su disciplina y dedicación a la familia y en el momento necesario su absoluta resolución a darlo todo en cualquier batalla.

Aunque fue dura su vida mantuvo su manera afable y su personalidad conversadora y amigable hasta su último día. Si bien la experiencia de su niñez tronchada y los daños que le causó la infrahumanidad de los comunistas lo afectó profundamente, no así su sentido del humor y su autenticidad como ser humano. Los que lo trataron dan firme testimonio de un hombre amable, sincero y honrado.

No creía en curas ni en dogmas ni partidos políticos y jamás lo vi seguir a otro hombre, aunque llegó a admirar al presidente Ronald Reagan hasta el punto de llegar a tener por un tiempo una foto del presidentel en la sala de su casa, pero amaba y estaba orgulloso de su isla, su taller y su familia hasta su último día. Fue cubano hasta la cepa.

Fue, sin embargo un hombre de paz. No abrigaba el odio. Muchas veces cuando hablaba de su taller con nostalgia no maldecía a los castristas que se lo robaron ni en su ferviente anticomunismo se expresaba con resentimiento hacia la plaga. Agradecía a Dios que lo hubiera elegido para ser uno de los millones de cubanos que pudimos escapar de las garras del lenilismo delirante. Siempre vio el final del comunsimo en Cuba como una gran tragedia por los abusos a derechos humanos y el fanatismo de los oligarcas castristas.

Fue al final de los 50 que la plaga comenzó a dejarse sentir en Cuba. Mi padre, como tantos otros miles de cubanos honestos y trabajadores, fue acusado de “pequeño burgués” por Castro y la tralla. Una tarde que jamás olvidaré vinieron los esbirros y le “intervinieron” su taller. El taller era parte esencial de su vida. Lo tuvo por 28 años hasta que los comunistas se lo robaron. Nunca comprendió ni se recuperó del robo de los podridos marxistas. Aunque fue anticomunista hasta el final, no llegó completamente a comprender el odio y la semilla diábolica de los comunistas de manera total. No escuché una frase de odio ni siquiera sobre los comunistas ni de La pitralfa humana y su familia. El viejo no estaba en el negocio del odio, estaba en la misión de construir.

Minutos después de la intervención el esbirro le dijo a Martel: “Bueno esto es ahora del pueblo, de la revolución pero te damos la oportunidad de trabajar para la revolución ahora.” Mi padre se negó. Explicaba que cómo iba a trabajar para los que le habían robado lo suyo, construido a base de sudor y trabajo.

Entonces comenzó a tener problemas con los comunistas que llegaron a enviarlo a uno de sus campos de concentración por dos años y a cortar henequén. Había decidido salir de la isla cárcel para traer a su familia a tierras de libertad. Pagó el precio de todo cubano que salió de Cuba en la década de los 60 y 70: el acoso institucional, el desprecio de vecinos y personas que habíamos conocido toda una vida pero que ahora eran más revolucionarios que Fidel.

En puro invierno del año 70 llegamos a España. El trabajo para los emigrantes era escaso pero no había comunismo. Mi padre comenzó a repartir guías telefónicas por todo Madrid. Era un trabajo que muy pocos hacían. Había que subir la guías telefónicas, auténticos ladrillos, cinco y hasta siete pisos sin elevador. Pero el trabajo, lejos de ser un obstáculo, era una especie de misión para José Martel.

Conoció a mi madre de muy joven y solía decir: “Cuando yo vi a Panchita yo sabía que ella era la mujer de mi vida”. Se casaron y mantenían un matrimonio de 60 años.

Toda la vida mostró una actitud ejemplar hacia el trabajo y la familia, algo que dejó sus huellas en mi y de lo que le estoy eternamente agradecido.

Después de tres largos años en España arribó a Los Estados Unidos el 15 de mayo de 1973. Trabajó en K-mat otros 28 años. No llegó tarde ni un día. Estuvo ausente 3 días en 28 años. Antes de retirarse la compañía lo homenajeó sacando un reportaje en su boletín nacional.

Como todos los cubanos que aman a su patria siempre estuvo atento del acontecer cubano. Siempre soñando con la libertad de su país. No fue un actvista político pero fue un repúblicano de Ronald Reagan, el presidente que más admiraba.

El boxeo era su deporte favorito, del que llegó a ser un experto. Me trasmitió también esa admiración por este deporte duro que era compatible con su vida y su carácter. La primera pelea de boxeo que vi en mi vida fue a su lado, en un pequeño televisor en el piso que compartíamos con otros cubanos en Madrid. Me despertó en la madrugada para ver la pelea de Mohamed Ali y el argentino Ringo Bonavena, trasmitida en directo por Televisión Española desde el Madison Square Garden. Mi padre reconoció inmediatamente el talento de Ali. Repetía que el bozeo “es el deporte más duro”, algo que pude experimentar años más tarde. Tengo la dicha de haber compartido muchas peleas de boxeo con él y su nieta comenzó a escribir sobre este deporte profesionalmente a la edad de 18 años. Frances le dio muchas alegrías y sus personalidades son sorprendentemente similares. No escondía el orgullo que sentía por ella ni ella el amor y agradecimiento hacia su abuelo. Hasta su último día con nosotros comentó lo orgulloso que sentía de ella. Frances le dio el suprelativo orgullo de graduarse con honores de la Universidad de Harvard a la edad de 21 años.

José Martel (centro), reunido de buenos amigos en una tarde inolvidable, entre éstos Alberto Menéndez, su esposa Juanita y Evelio Madariaga, en una fiesta informal de graduación de su nieta Frances cuando regresó de Harvard University en junio del 2009, después de graduarse con honores.

Sentía un gran amor por España y siempre le estuvo agradecido tanto a España como a Los Estados Unidos por las oportunidades que este país le brindó.

Dejó huellas de luz en nosotros. Era un hombre directo, medido y humilde en su forma. Firme en sus convicciones democráticas, en su ferviente anticomunismo.

A través de su ejemplo me enseñó muchas cosas que son parte de mi por el resto de mi vida.

Deja un gran vacío en nosotros. Le damos gracias a Dios de tenerlo siempre cerca por tantos años. Su sentido del humor, su inconfundible risa y sobre todo su sentido humano y su dedicación a la familia estará siempre en nosotros como una llama de azul inextinguible y presente a través de la vida.

Descansa viejo, has cumplido.

Una de las últimas fotos de mi padre con su esposa Francisca el 4 de julio del 2010.

José Martel (centro) en la Plaza de Cárdenas, Cuba, con dos empleados de su taller con las famosas bicicletas Niágara en una foto tomada el 2 de noviembre de 1947.

* Velamos y enterramos al viejo el 18 y 19 de julio del 2010 con la dignidad que merecía. Desde lo profundo de mi corazón gracias a todas las personas que estuvieron conmigo y mi familia en estos difíciles momentos, especialmente a todos los amigos que mostraron su calibre cuando hay que mostrarlo aún no pudiendo estar físicamente presentes. Gracias a los oficiales electos que se presentaron y que tan bien se portaron. Gracias, no lo olvidaré.


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