Jesse y boleta

Crónica de los sucesos del 9 de noviembre del 2000
y la historieta multicolor de Jesse Jackson

Por Rafael Román Martel

Todo el proceso político se ultra politizó cuando el asunto de la boleta. La boleta de West Palm Beach, digo. Donde los votantes llevaban años votando sin darse cuenta por quien votaban. Resulta que la boleta tiene los nombres de los candidatos pero los votantes de West Palm Beach no pueden leer bien las boletas y había que cambiarlas antes de las elecciones de noviembre del 2000. Pero nadie se percató de esto hasta que Jesse Jackson armó la cumbancha. Jesse fue y todo el mundo comenzó a gritar. El jefe de campaña de Gore dijo que más de 19,000 personas en este condado floridiano fueron a votar por un candidato pensando que votaban por el otro, o sea, votaron por el que no pensaban votar, porque no podían leer el que querían apoyar. Esto dio pie a que apareciera Jackson. Jacson sí sabe de boletas y candidatos. Algunos ciudadanos de West Palm Beach exclamaron ante las cámaras de televisión: “Nosotros no necesitamos que venga nadie aquí. Llevamos años votando con la misma boleta.” Pat MacChanan, el candidato del Reform Party sacó la cuenta rápido y dijo que sus votos eran de Gore. Gore no dijo nada. Los canales de televisión entrevistaron a Jesse: “Esto es un asunto de la Comisión de Derechos Civiles”, dijo rodeado de alguaciles y revoltosos.

Mientras todos estos meridianos sucesos tomaban lugar, el gobernador Bush armaba su gabinete.

Bostezaba lentamente el histórico 9 de noviembre. A las cuatro de la tarde Jesse lidereó una protesta por las calles de West Palm Beach, sus seguidores no cesaban de gritar. A las cinco ninguna estación de televisión nacional había proyectado la imagen de Jesse al frente de la revolución: la estrategia de campaña había sufrido un pequeño tropezón. Mantenía su ventaja en números Bush con cuatro condados por contar. Jesse decidió esperar para planear un nuevo plan de guerra.

A unas mil doscientas millas, en el condado de Hudson en New Jersey, se escuchó a un líder local exclamar: “Estos demócratas de West Palm Beach no saben lo que están haciendo, si nos mandan a nosotros para allá le sacamos 50 mil votos a Gore de un garage!”

Jessey, protegido por auotoridades de Palm Beach, se movía nerviosamente de un lado a otro. la única cadena televisiva que le había dado unos segundos de covertura después de las tres de la tarde había sido la arbitraria extrema izquierda CNN.

A las seis de la tarde se reunían cientos de ciudadanos en Tallahassee, Florida. Esperaban que el angustioso día político llegara a su fin, mientras los expertos televisivos pronosticaban que el recuento de votos se extendería a través del país. Esta sería una situación ideal para Jesse, que se vio ya en la colada.

A la misma hora la Secretaria de Estado de la Florida, Katherine Harris, señalaba que la ventaja de George W. era de 1,788 después de 53 condados revisados. Esta ventaja se reduciría curiosamente así como el recuento a mano se desarrollaba. Jesse seguía con su matraquilla con el fin de llamar la atención. Y si bien no lo hizo de parte de la prensa, sí provocó comentarios de prominentes líderes repúblicanos quienes señalaron que la situación “no es para carteles ni escándalos. Están en juego asuntos muy serios en esto”, dijeron.

Lo que no dijeron es que esta tensión y este suspenso invocaban serias sospechas de que esto formaba parte de la Gran Tragicomedia Américana. Las elecciones, lejos de ser un ejemplo demócratico se habían convertido en un circo.El conteo era más lento mientras se acercaba a un desenlace hollywoodense. A las siete la diferencia era de 225 votos. Algo olía mal en esto. Si los últimos condados en el conteo habían sido ganados por Bush por margénes de 15,000 votos, similares a un average de diferencia de 54% a 49%, dependiendo de la votación, ¿cómo era posible que se estrecharan los números de esta manera? Era drama, puro drama. Estaba claro que Bush era el presidente electo por el colegio electoral con los votos de la Florida. El drama es el recurso natural de la política norteamericana. Las incautas masas tienen que sufrir, reir hasta el delirio, llorar, pelear, para que al final sus respectivos líderes se abracen y prometan trabajar juntos por la Unión y la Democracia.

Jesse seguía con su matraquilla en las calles y las iglesias protestantes de West Palm Beach. Muchos senior citizens, hundidos en sus retiros, ávidos de atención, éran presa fácil de los alborotadores profesionales. Era un verdadero acontecimi-ento en el desierto. Agitaban carteles ante las cámaras diciendo que no sabían ni por quien habían votado. Se había creado una sitiación surrealista, un guión para una película de Buñuel. Jesse Jackson daba el toque cirquero a la orquestrada controversia. Lo realmente siniestro era la legión de abogados que se preparaban para sabotear el proceso electoral norteamericano.

segundo contéo

Los resultados del segundo contéo se revelaron en las primeras horas del 10 de noviembre. Bush era, nuevamente, el ganador.

El 12 por la madrugada otro contéo daba un margen de 19 votos a Gore. Los escuadrones de abogados se preparaban para enredar aún más las pitas, mientras la población se hacía mil interrogantes.

La extraña Comisión de Elecciones de Palm Beach pasó otra moción para realizar otro contéo, esta vez manual.

Pero el 14 de noviembre Jackson desapareció como por arte de magia. Con las declaraciones del vicepresidente Al Gore la noche del 15, llamando a la reconciliación, estaba claro que el partido demócrata estaba molesto con las gestiones de Jessee en la Florida.

Jesse había preparado una serie de manifestaciones programadas desmesuradamente para los próximos días. El cuento de la boleta, las estrategias del líder afro américano y el poder del partido demócrata no habían podido borrar la realidad de que George W. Bush había sido elegido presidente de Los Estados Unidos. Esto se confirmó el 26 de noviembre cuando por 537 votos fue certificada la votación.

Si en algo fue efectivo Jackson fue en fragmentizar más al país. Sacó de sus casas a cientos, sino miles de manifestantes repúblicanos en la Florida. Trajo como un imán a otro activista negro, famoso por sus escándalos Al Sharpton, quien un día antes de irse a Miami a protestar declaró con orgullo en un programa de televisión que había almorzado con Fidel Castro una semana antes.

La polarización política ha tomado matices tanto de raza como de grupos étnicos, dentro de la comunidad hispana en general, pues la mayoría de los manifestantes en las calles de West Palm Beach y Tallahassee éran cubanos, mientras que los simpatizantes de Gore muchos eran de la raza negra, unidos a latinoamericanos. Los cubanos no tanto por ser repúblicanos, sino porque no olvidan la manera humillante que la administración de Clinton-Gore los ha tratado. Los negros y otras minorías por ir en contra de los cubanos y por sus firme, casi fanática militancia en el partido demócrata.


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