El candidato incomprendido

Rafael Román Martel

Esta noche se deciden las primarias republicanas en Florida. Quizá el mejor candidato que tenían los repúblicanos, Rudy Giuliani, tiene el peor apellido, pero para los que vivimos a unos escasos cinco minutos del Manhattan es obvio que el hombre sabe lo que hace y es extremadamente eficiente.

Lo que era un verdadero desastre con la administración David Norman Dinkins, alcalde de New York del 1990 al 1993, Giuliani lo convirtió en una ciudad que cambió de actitud, de fachada, combatió y ganó la lucha contra el crimen en años infestados por el crack cocaine y la desesperanza.

Estos son los años que los Clinton se adjudican como logros.

Alcanzó a popularizar la ciudad como nunca antes, atrayendo a millones de turistas de todo el mundo. Incrementó el comercio y la economía floreció. Esto que parece algo loable para el alcalde de cualquier otra ciudad es una labor olímpica para una ciudad donde trabajan alrededor de 15 millones de personas y viven casi la misma cantidad. Una ciudad tan diversa que ninguna en el mundo tiene tantos seres humanos de tantos diferentes países y culturas.

Arreglar a una Nueva York rota fue algo que quizá podemos apreciar con profundidad los que vivimos aquí. Giuliani hizo eso y más. Le dio un carácter más humano y hasta afable a una ciudad famosa por su falta de modales y respeto. Fue una ciudad tan temida que muchos cubanos que vivían en los años setenta en Union City decían: “Yo no voy a Nueva York a nada” o “A mi no se me ha perdido nada en Nueva York”.

Esta era una ciudad donde los “diplomáticos” de países enemigos hacían lo que les daba la gana, incluyendo no pagar millones de dólares en tickets de parqueo y violaciones de tráfico-estacionaban sus automóviles donde mejor les parecía con sus placas diplomáticas-y no podían ni ser arrestados por robar en tiendas de ropas miles de dólares en artículos de lujo. Nadie les podía poner un dedo encima.

En una ciudad donde los diplomáticos era deidades. Giuliani los bajo a la tierra. Les hizo pagar las multas, los metió presos hasta que los deportaran. Y cuando Amadou Diallo fue acribillado con 41 impactos de bala por la policía, Giuliani investigó pero jamás abandonó su cruzada contra el crímen ni le viró la espalda a la policía. Mucho se ha escrito sobre el pobre Diallo, quien quizá fue víctima del gatillo alegre de policías desesperados por arreglar aquella ciudad perdida. Pero algo quedó en claro: después de aquel triste incidente si usted era un maleante tenía que pensarlo dos veces para andar cometiendo crímenes en esta ciudad; porque la policía le caía a tiros sin contemplaciones.

Si este era el precio a pagar para enderezar esta ciudad que parecía el oeste, Giuliani también estuvo dispuesto a poner su carrera política y su puesto de alcalde en la línea de fuego porque demostró amar a Nueva York y hacerla alcanzar su potencial.

Giuliani vendría a sacar su casta en el funesto 911 que vivimos en esta área. Comprendimos los que lo veíamos a diario en la televisión que era un hombre extraordinario, que había vencido la barrera del miedo-o como dice una agente socialista en Cuba-de la paranoia.

La figura de Giuliani fue instrumental en unir a la ciudad. Desafió desde el primer momento a los terroristas. A su voz y a su figura se unió la del presidente Bush. Jamás he visto a este país tan unido ni tanto humanismo en esta ciudad, que llegó a registrar el número cero en crimen y violencia durante aquellas semanas que siguieron al asesinato de los más de cinco mil hombres, mujeres y niños que cayeron con las Torres Gemelas.

Fue terrible. El olor a muerte se esparció por meses. En momentos terribles Giuliani se montó en el subway y no dejó de andar de un lado a otro de la ciudad. Era como un general en plena campaña. Los que vivieron aquí en aquel tiempo saben que no exagero. Si ensayaba un puesto en el senado en aquellos tiempos se ganó un Oscar porque nadie lució jamás tan sincero.

No dejó nunca de apoyar a la comunidad cubana y denunciar a los asquerosos comunistas cubanos que todavía ensucian las calles de Nueva York con su diplomática presencia.

Cuando un príncipe árabe quiso donar millones de dólares con la condición tal o más cual, Giuliani lo mandó al carajo. Los liberales de extrema izquierda no pueden perdonar a líderes así porque ellos jamás los han tenido. Los verdaderos líderes nacen en el centro o en el ala derecha de los hospitales.

La extrema izquierda siempre ha parido bastardos políticos.

Los blancos norteamericanos, ciegos con el racismo, sólo ven el apellido de los candidatos. Giuliani no va a ninguna parte en este país pero le sobran condiciones para ser presidente.

Todo esto lo hizo en años de la pachanga de los Clinton y en la ciudad más liberal de los Estados Unidos. Entonces a Hillary le dio por mudarse para Nueva York para ser senadora y encubar sus ambiciones presidenciales.

No recuerdo la primera vez que escuché su nombre en relación con el senado de los Estados Unidos. El nombre de Hillary sonaba en las cervecerías de Manhattan. Era popular en las conversaciones mareadas, en las burlas pornográficas, en los rincones donde la izquierda añoraba una heroína eficaz, un high lujurioso.

Giuliani fue el candidato que todos los izquierdistas temían. Se enfermó y parecía retirarse. Hillary y sus amigos siempre tienen ese tipo de suerte. El casino que viaja en ellos los acompaña como una estampita marcada por el seis.

Giuliani vendría a reaparecer con mucho ímpetu en estas elecciones para apagarse quizá esta noche. No llegará a ser presidente pero jamás será un perdedor.

Los “blancos” de La Florida-que resienten la presencia y el éxito de los cubanos- se desplazan en un terreno demasiado vasto y soleado para comprender la capacidad del hombre. El resto de los hispanos en ese estado están demasiado ocupados con teléfonos celulares y las noticias que llegan de sus países para llegar a entender un par de esquinas de Nueva York. Por eso Don Francisco y El Gordo y La Flaca son estrellas de televisión y Manny Díaz, el alcalde de Miami, dice que Hillary quiere a Miami y que ella sí entiende a esta ciudad. Los que viven allí ahora y han vivido por años en la complejidad de esta monstruosa ciudad entienden mis palabras. Giuliani puede ganar La Florida por el voto cubano que ha sabido apreciar lo que ha representado para nosotros en su capacidad oficial. No llegará más lejos.

Esta, que puede ser su noche de despedida en la campaña, sea también noche de reverencia y homenaje en la palabra a sus valientes y eficaces acciones.


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