El árbol

A todos mis inolvidables alumnos de Mabel G. Holmes, con amor y nostalgia

Siempre está ahí, en la desgarradura de los días, del aire del nuevo otoño en la esquina de la 5ta. y Bloomis Street, donde tantos obstáculos fueron salvados para moldear el magisterio a la medida de aquella maravillosa e imposible escuela cuyos estudiantes, nacidos en los violentos proyectos de Elizabeth, llevaban camino a formar parte-en su mayoría-del sistema de cárceles, del sistema de muerte y de odio que permea la suciedad norteamericana. El árbol tenía que morir. Era demasiado su desafío. Sólo dejar correr los ojos por sus ramas proyectaba una furiosa sensibilidad transportable e incompatible con sus alrededores. Las hojas llenaban la acera, vivían en un delirio donde el esplendor era el corazón del amarillo. Al lado el asfalto, el sin sentido de la crueldad juvenil, recrudecida por la cultura hip-hop y su extraña y regresiva pesadilla.

En la antesala del siglo XXI, los días se entregaban a una relativa ingenuidad. El árbol tenía siempre una sonrisa para mis cansados años. Afectaba la manera en que entrabámos a la escuela y regresabámos a nuestras casas. Se levantaba el viento de octubre y con éste millares de hojas le tejían una gran alfombra a la esquina de Bloomis. El árbol caía en ramas de inconsolable amarillo. Era imposible ignorarlo. Los niños hablaban, jugaban, reían y dejaban entrever desde esta vidriera directa a la vida que en medio del asfalto y la inmediata violencia de las calles adyacentes al puerto, la naturaleza abría un espacio para los que nos atrevemos a creer.

Bajo el árbol se sentía una paz lejana a la ciudad. Sus hojas abrían un paragüas al cielo, cubriendo nuestra lluvia de preocupaciones, defendiéndonos de la feroz campaña antihumana que, sin césar, lanzaban los grandes monopolios, a través del imperante mundo tecnológico. En el umbral de 1998 las hojas amarillas desaparecerían por otros siete meses. Los meses de invierno transformarían a Mabel G. Holmes y sus alrededores en otra víctima del acero de las nubes norteñas y todo elemento que trae la pantera del invierno y el encierro.

Había yo desarrollado una estrecha relación con sus hojas. Sabía, por ejemplo, que a principio del curso escolar lo encontraría verde, empachado del sol y la lluvia estival. Todos los días trataba de estacionar mi carro bajo su sombra. Cientos de pájaros de animados colores hacían de él su residencia. El canto de éstos, regado por la brisa que viene anunciando las primeras señales del despido del verano, nos hacía acercarnos al árbol de Bloomis Street para repasar pasajes que nos hacían regresar a la vida. Midiendo nuestra afinidad con el árbol, medíamos, consciente o inconscientemente, nuestra reafirmación humana; la capacidad de apreciar, de amar lo que nos es dado por una fuerza tan benevolente y espléndida que no escatima esfuerzo ni cobra un centavo en diseñar, fabricar, decorar, pintar y hasta programar al árbol para que-cronométricamente-fuera la envidia de los más famosos fashionistas, que en nuestros tiempos fabrican fortunas escogiendo trapos y colores para seres humanos que jamás alcanzarán a rozar la exacta belleza y noble forma del árbol amarillo.

A finales de septiembre comenzaban sus hojas a mudar el verde. Galvanizaba octubre una población de amarillos quienes crecían hasta alcanzar la misma altura, el mismo tono, el mismo nivel. Sus sombras eran plácidas. Sabían tanto abrigar como dar consuelo al agotante calor de algunos días de mediados de septiembre.

Los años pasaron. A mediados de julio me despedía de él sabiendo que al final del verano nos reencontaríamos, al comienzo de otro curso escolar. Una tarde Joel, Henry, Mayra, Mr. Pardo, Mrs. Puchi y otros posamos debajo de él. La cámara jamás pudo atrapar su imperiosa y absoluta atracción.

Un septiembre que prefiero olvidar encontré su tronco mocho. Lo habían cortado casi de raíz. No habían hojas ni colores ni pájaros ni sombra. Sólo montañas de asfalto levantaban una nueva construcción. “Por qué asesinar a tan productiva creación?” pensé. Mi pregunta cuelga en el olvido de mi albúm de palabras decapitadas. Porque tenemos que destruir. Destruir casas, palacios, chancletas, vidas, reputaciones, animales, razas, recuerdos y desde luego árboles amarillos. Toda cosa viviente, preferiblemente pácifica, pura y hermosa, está a merced de los deseos de destrucción y de muerte con que se ha obsesionado el ser humano.

Jamás volví a ver al árbol amarillo de Bloomis Street. Un viejo amigo que deambulaba diariamente por la cuadra me dijo que se lo llevaron en un camión, que lo hicieron añicos, que lo destrozaron con sierras eléctricas entre risotadas y los chistes vulgares que practican los demolition men. Quedé pensativo ante su tronco, busqué los pájaros, la alegría que sus hojas espejeaban en la risa de los niños, el resplandor y todo lugar común que hace de la vida vida y de la literatura un taller de armar infecciosas ideologías y palabras. No hallé más que silencio. Hasta hoy el árbol y el silencio viajan conmigo en mi baúl de los silencios. Silencios de duros y suaves tonos, encaneciéndonos la risa que algún día fosforeaba la única y perdida juventud.

Rafael Román Martel
Emerson High School
Union City, 3 7 05


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