Después del Papa

Por Rafael Román Martel

Juan Pablo II cumplió su misión en Cuba, Fidel la suya. Los dos viejos revolucionarios-uno antípoda del otro- se mantuvieron fieles a sus convicciones: El Papa con su mensaje de paz, Fidel con su mensaje de odio, de rencor, de inflexibilidad. ¿Quién sacó la mejor parte? El pueblo de Cuba. En los días en que el Sumo Pontífice estuvo en la isla el pueblo escuchó el discurso del Amor, el llamado a la liberación interior-que prepara el camino a todas las libertades-y sobre todo sintió la fuerza cristiana que sacudió a todos los que tuvieron el valor de abrir sus corazones. Y preparado está ese pueblo para abrir sus corazones a Cristo, una indiscutible sed de Dios se reveló en todos los sitios donde Juan Pablo II hizo presencia. Y es que el mensaje proyectado por el Papa es mucho mas fuerte que todas las arengas beligerantes con las que los cubanos han sido bombardeados por cuarenta años. Claro que todo el pueblo no llegó a sentir esta ola benigna. Están los poseídos, los hijos del odio. Están los engañados y los que insisten en seguir en lo mismo. Los que le dan la espalda a Cristo no se pueden rescatar. Pero la mayoría del cubano compartió una sensación de simpatía humana, de esperanza contagiosa, y esto en sí es una victoria-que aunque hubiese sido por unos días-bañó a millones de cubanos con el agua cálida y refrescante del verbo cristiano.

Fidel, contra las cuerdas, se vio obligado a admitir en su patio a un líder mundial de indiscutible superioridad. El Papa lo opacó en todo momento. Se pudo observar al viejo comunista en un segundo plano, relegado a discursos exhumados de los años sesenta, con la misma cantaleta, con los mismos trazos, fuera de época, fuera de lugar. Quedó demostrado que Juan Pablo II es un hombre muy superior al gobernante cubano. Con mayor carisma, intelectualmente superior, mejor estadista, y en el campo humano ni hablar. El Papa en toda su trayectoria por la isla hizo lucir a Castro muy mal ante los ojos del mundo y de sus propios seguidores. Fidel, en su delirio de revoluciones y falsa justicia social, quizá pensó que-una vez más-iba a ser él el centro de atracción; el hombre de vanguardia, pero fue todo lo contrario y políticamente Castro pagó el precio de admitir a un mensajero de la libertad que rompió el silencio de su rígida cortina dictatorial.

Según pasaron los días sumó fuerzas el Papa. Su mensaje se fue politizando con humanizantes metáforas a las que lo cubanos ponderaban con eufóricos aplausos y coros. Fidel, con la máscara de actor, hizo esporádicas apariciones con el celo a flor de piel: Juan Pablo II le estaba robando el escenario, algo insoportable para un ser alucinado con el poder y la fama como lo es el dictador cubano. Pero no tenía otro camino. No podía contestarle al Papa, no podía expedirlo del país, ni siquiera era posible regañarlo. Fidel sabe jugar, pero esta vez trajo al casino a su casa. La única opción era esperar declaraciones de parte del religioso a cerca del levantamiento del embargo(?). Estas se dieron, perdidas dentro de un mensaje eminentemente humano, arrasantemente propio a la verdadera dificultad que limita a los cubanos.

El líder de la iglesia católica resolvió expandir la influencia de ésta, asi como su presencia física en la isla, anunciando el nacimiento de una nuevo templo en Oriente. Este, que era el verdadero objetivo de Juan Pablo II, se cumplió de manera satisfactoria. La iglesia enfrenta una avanzada del movimiento protestante en la isla. Las tendencias evangelistas toman fuerza en Cuba por día. Por otra parte, están las religiones africanas con sus ídolos con nombre de santos cristianos que gozan de gran popularidad y es imposible ignorar a los Testigos de Jehová, que con un valor apostólico han sobrevivido los peores años de la persecusión religiosa. El Papa, no ajeno a estas y otras divergencias dentro del pueblo cubano, veía la necesidad de su presencia como piedra angular de la iglesia dentro del kimbombó de creyentes que buscan en diferentes corrientes religiosas una respuesta a la desesperada situación en que se encuentran. Algo de tristeza hay en esto. La esperanza del cubano común es que la visita del Papa sirviera para que “llegaran” los ansiados cambios. Hace algunos años se esperaba lo mismo de los Juegos Panamericanos, o de la visita de Gorvachev. Mañana será la visita del canciller alemán o del mago Mandrake . El estado de frustación y de angustia toma grados delirantes.

a la plaza de la revolución

Al amanecer del domingo 25 de enero Maritza Lugo, Mario Torres, Frank Cruz, Sergio Hernández de Armas y unos treinta y tantos miembros del Partido Democrático 30 de Noviembre se preparaban para asistir a la misa que ofrecería Juan Plablo II en la Plaza José Martí (Plaza de la Revolución) en la Habana. El grupo de opositores al régimen llevaba camisetas en las que se podía claramente leer, escrito en rótulos, el mensaje inicial del Papa al pueblo de Cuba: “NO TENGAN MIEDO”. Con sombreros de güano con el número 30 en la frente se encaminaron a la plaza, donde fueron inmediatamente rodeados por una tropa de gorilas de la odiada fuerza represiva Seguridad del Estado. Los agentes no los molestaron. Quedaba en claro que estaban bajo estrictas órdenes de aparentar que un clima de normalidad reinaría esa mañana en la Habana. Los contados arrestos fueron espóradicos y sin alarde de fuerza. Cuando el Papa comenzó a incorporar en la homilía frases que claramente hacían referencia a la falta de libertad en Cuba, los miembros del 30 de Noviembre comenzaron a gritar “¡Libertad, Libertad!”, sacando carteles con las inscripciones :”S.O.S DEMOCRACIA” Y “S.O.S. LIBERTAD”. En cuestión de segundos gran parte de la muchedumbre coreó la palabra mágica. Serían ahogados por organizados contra-lemas que ya habían preparado los comunistas en caso de que esto ocurriera. Pero el mundo escuchó la verdad de lo que siente una gran parte del pueblo cubano.

la opción del vacío

Después del Papa queda el pueblo bajo la opresión. Los miembros del Partido 30-N, asi como otros disidentes dentro de la isla, continúan viviendo bajo la amenazadora vigilancia de los esbirros castristas. Los valientes militantes demócratas que osaron desafiar de forma mas agresiva a la estructura política del Partido no pueden contar con ningún elemento de legalidad que defienda sus derechos, porque-como todos sabemos-en Cuba no hay derechos. El hambre causada por la desastrosa política económica de los comunistas incrementa. La falta de libertades civiles es la norma. Sólo el mensaje de liberación y esperanza de Juan Pablo II ha realizado un cambio, una revolución interna que abriga el anhelo de que algún día el pueblo-y sólo el pueblo de Cuba-se lance a la búsqueda de la libertad. Es muy posible que los cambios hayan comenzado, el solo hecho de que el Papa haya hecho las declaraciones que hizo en las mismas narices de Fidel Castro es un cambio. El estremecimiento de las almas de los cubanos por medio del discurso cristiano es otro: el más significativo. Únicamente la Providencia tiene manejo del destino, predecir lo que va a acontecer en Cuba en los próximos años, sobre qué desenlace se va a llegar a una nueva forma de gobierno, o si los cubanos tomarán una actitud de responsabilidad histórica, no entra en el marco de la exactitud. Sólo existen conjeturas. Algo queda en claro: el Papa ha sembrado la semilla que no deja espacio para el vacío. Después que se conoce a Cristo el vacío es una opción. Quizá esto divida aún más a los cubanos, entre los que cierran sus corazones o los que en ellos se vigoriza una llama con la antigua y eterna inscripción: Aut Christus Aut Nihil.


One Response to “Después del Papa”

  1. Amen

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