Cuando se acaban los pueblos

Prólogo

Sus ojos buscaban mucho más allá de los ruidos que cargaban la atmósfera urbana. Sentía que era una añadidura más con su número y sus ansiedades. Cruzó la calle, miles de transeúntes le miraban con desprecio-pensó-y se tiró al piso gritando. Unos compañeros de trabajo lo identificaron tratando de sujetarlo, fue inútil, los gritos y las convulsiones eran demasiado evidentes para sentirse identificados con tal espectáculo. La indiferencia se desplazó por los ojos de los ciudadanos, simplemente estaban en presencia de un acto donde el sistema de las cosas no podía permitir el lujo de romper su curso. Un ejército de paraguas se movía en la esquina. Un policía le golpeó la cara con las botas, y los compañeros de trabajo sintieron vergenza, hundieron sus cabezas en los abrigos y llovió con más fuerza. Un ambiente irrisorio dejó sentir sus máscaras. Eran las dos de la tarde cuando un hilo de sangre le dividía la cara, sus gritos no mermaban. Fue recogido por una camilla movida por jóvenes que maldecían la hora, la lluvia, a sí mismos. Abarrotada la calle de curiosos cedió al acero que le cortaba las muñecas. Evidentemente, los taxis no habían parado de azotar las calles, los judíos no habían pagado las deudas de Judas, las jóvenes amantes no habían dejado de fornicar como gatos nocturnos. La noche no calmó los instintos de la urbe y fue cayendo como pantera, penetrando los gigantescos edificios.

Abrió la boca en una gesticulación semejante a un quejido. Tres familiares movían los ojos con inquietud mientras sonreían como quien oculta la muerte. A pasos ligeros entró una enfermera que llevaba en los ojos la eficacia del racismo-Are you O.K.?-preguntó acercándose, La alteraba su pelo levemente ario. Los familiares disimulaban el miedo, ese miedo que golpea cuando estamos seguros de que algo terrible le sucede a un ser humano, que decimos querer. Se despidieron confusos, alguna que otra lágrima corrió por la mejilla de una mujer atravesada por el dolor de la incapacidad.

Respiró a medias, una punzada densa y colérica le invadía la cabeza. Se percató de que su habitación estaba condicionada a prevenir la insistencia de un suicida. A pasos entrecortados se acercó a la ventana del piso cuarenta, los balaustres, dentro y fuera del edificio, estaban cubiertos de una materia plástica de color gris. Se paró ante ésta con los ojos clavados en la reducida figura de un hombre que estaba siendo pateado por un grupo de asaltantes. Volteó el rostro hacia la cama. Se acostó con los ojos muy abiertos, asegurándose de que los primeros rayos de luz penetraran la habitación para cerrar los párpados.

Extraña noche ésta.
La letra va acentuando su bamboleo
e insiste en ser,
y por mas que escapemos
remata.

Que conste el raro espesor
de lo que no añade por falta
de tiempo o de vivencia.

Turbio aire éste.
No llega sino a las sillas
arrastrando
los crímenes que Cristo ha perdonado.

La Ciudad

I

Todo este desconcierto.
Todo este abarrotamiento.
Sacar colores, letreros por los ojos.
Pasos, formas
como el rigor o la furia
bajan con fuerza a las mejillas.
Y esos días cuando el reloj y el hombre
juegan a ser espías.
Todo este tráfico.
Todas estas luces.
Apagar páginas, mentiras, juramentos.
(Algunos secretos
carecen de peligro)
La verdad se esfuma con la menor autenticidad.
En algún lugar hablé de exilios,
entonces los pasos eran corrientes,
maternidad de litoral.
Y con los ojos firmes, en secreto,
me aterraba la figura de los extranjeros.
La ciudad me adoptó cuando llegué a pensar
que existía la igualdad del mar.

II

Te negará las fuentes,
las sombrillas donde se rinde la tarde.
Te negará la mano
que es tanto como decir “hombres sin tierra”,
te forrará de asfalto
las huellas y el cielo.

III

No escondan el sillón
ni cambien los nombres de la muerte.
(Yo había escuchado el rumor,
el caprichoso verbo de los sobrevivientes)
No escupan en la sombra de los bancos.
No intenten superar la acción de la mínima bolsa.
No coleccionen palabras vivas
porque entonces el incendio
será un argumento personal.

IV

Que me trague el grito del primer poeta.
“La ciudad me tira de las riendas” -dice-
y el apresurado rostro de la sangre
asume carácter de tumulto
y convulsiona
y avanza
pisoteando los libros.

V

Si resisto
seré capaz de convertirlos.
No podrán adquirirme por unas cuantas tradiciones.
Al menos podrán escuchar alguna sílaba
que transforme un segundo en la atmósfera.
En ese espacio el cielo, los gestos y el café
invaden, dominan la ansiedad,
Oh, si resisto la substitución de las tarjetas,
la precisión conque todos juegan a morir,
aseguraré una silla
con el tono de mi tierra
y olores y espacios
al final del corazón
.

VI

La niña perdió una ficha,
un rincón del rompecabezas.
La niña, qué ángel tan largo en sus ojos.
Se han cerrado las estrellas
cuando me entierro en sus pupilas.
Más allá,
disfrazado de fórmulas
el aire niega mentir:
un pedazo de luz vagabundo en la ciudad.

VII

Te cerrará las puertas,
fornicará un cementerio de pasiones.
Te obligará a dudar
hasta que pierdas
cierta humanidad.

VIII

Cuando llegamos éramos inconfundibles.
Las ventanas se nos perdían en lo alto.
Siempre buscando el color más natural.
Cuando llegamos, madre, tan nosotros,
tan desamparados a la soledad.
Siempre fabricándole pedazos al domingo,
pero con la misma ausencia en el rostro
que hemos cultivado hasta hoy.

IX

La visita

Nos visitó la familia del pueblo.
Algo de amarillo y de fango
los marcó como una estrella inmunda.
Venían a decirnos que estos trapos, estas cejas, esta envidia
eran la ciudad.
(Pequeños motes que aparentan retener
lo más superficial.)
De los bolsillos sacaron tantos gritos
que llegamos a convencernos
de que algo de cultura, dicción
o esa forma de sacar los pañuelos
nos hacía medir una distancia sin remedio.

X

El mármol es la noche,
tiniebla de licores y café.
Se extiende gramo a gramo
como una ráfaga en las lenguas.
Toda elegancia proviene de un almacén
en la trastienda del alma.
El mármol es el aire.
Caminamos rozando los faroles
y en los ojos se maquilló el rojo del carey.
Habíamos cruzado una multitud
y movimientos semejantes a la multitud.
El neón marcó una chispa,
un pequeño album de recuerdos.

(XI)

XII

Las Palmas

A Miriam Fernández

Es que en las mesas los ojos se rinden
o es el acento de un cigarrillo,
quizá la forma de cruzar las piernas
lo que descubre la ansiedad:
tintinear un cristal salvaje en ese rincón
donde sostenerse es un movimiento,
una reacción, un secreto.
Es que en las mesas se dibujan contratos,
promesas, decepciones,
y la noche es tan vasta como el apetito de la traición.
Yo miraba el vaiven del aire,
y ellas más arriba.
Poseía, al menos, el escape de la juventud,
mis bailes, mi olor abierto,
mi discreta sinceridad.
Pero en las mesas todo adquiere
el color de un vestido infeliz,
de un ejército de reproches dispuesto a claudicar.
Y a veces corro hacia las palmas,
entonces alguien me escribe una palabra
entre el humo y el alcohol, alguien llega,
habla, se despide,
como un día lo hizo allí
donde camino
después de recortar algunas semejanzas.

XIII

“Por donde quiera buscamos a Dios”
reza el tatuaje en los solitarios,
los que entrelazan los mejores momentos en un grito,
alguna obsesión, algún odio.
Acarician a sus hijos con una herencia de golpes,
con alguna maldición a alguna raza “inferior”.
Dejan al aire un sabor a cerveza
y en sus cabellos la forma de un cuerno.
Insultan por ese afán de establecer
las minúsculas capacidades
y los domingos se dividen en manadas, en la pesca,
en las guerras del football,
algunos alcanzan a estrechar la mano del cura.

XIV
Cruz de agua

Ese desvío, ese impulso.
Palabras desde el rincón de lo templado
cuando sobran horas
que hicieron de la piel y el insomnio
un papel en llamas.
Hemos desposeído la entrega hasta cansarnos.
Cuando confesamos errores los sabemos todo.
Es tan fácil el abrazo, el roce
cuyo fin jamás humedece,
mas domina,
el sentido de toda posesión.
Y cuando tus palabras al relieve intentan otro paso
vuelvo la espalda,
allí mi recodo
con sus ruedas, su anónima búsqueda.
Alzar el corazón:
encrucijada y ráfaga.
Si sabes que sobran refugios
no te arrojes a los brazos de esta muerte.

XV

Los vi cruzar los ojos
tan altos como una tarde a solas.
Corrían, apresuraban el destino en una huída,
en sus sombrillas el aire mojado
llevaba un reloj y un universo.
Saltaron,
(no fue preciso verlos)
desaparecieron cuando en las manecillas de una puerta
los olfateaban cartas y papeles nocturnos.
Los vi como en un beso
para asegurarle a las paredes, a los vendedores, al infierno
que habían crecido tanto
como para detener el tráfico y la envidia.

Ya planchando camisas o escuchando el estado del tiempo
dejaron abandonada a la muerte,
esa sensación de culpa
que se borró
o quizá jamás debió existir
pero que repetía los mismos gestos,
la misma promesa a secas.

XVI

Le escribimos una novela y dijo que no.
Le dibujamos una maqueta de ruidos
y volvió el rostro con violencia.
Le cantamos con versos de agua,
le regalamos un verbo feliz.
Le forzamos a los niños por el ojo de un canario.
Le advertimos que en las iglesias
existen alturas que otean los edificios.
Entonces la ciudad asumió el poder de clasificar la Fe.

Poema sin nombre

A Eglys Santos

En las casas pobres nunca es tarde para morir,
se siente la muerte en una brisa
que llega y vuelve por las ventanas.
Se dejan tantos lugares por visitar,
cosas que quedan como un gesto incompleto;
venas cortadas o ese instante de la última voluntad.
Las calles no cesan de gritar.
La muerte no es precisamente un escape
pero tampoco un recuento de logros.
Y se discute la noche, se sellan
cuentas en voz baja.
Algunos citan expresiones muertas.
Cuelgan bombillos, fotografías con un tono artificial,
libros abiertos en la mitad de la inconsecuencia.
Morir es una responsabilidad llena de preguntas
y el cielo un alcance repetido desde la niñez.
Las casas disfrazadas en porcelanas o ruidosas cortinas
ocultando la intrascendencia de los ojos más fríos.
Vajillas que se estrenaron el día del visitante
y algo que quedó por decir,
algo de tal magnitud
que se estiró hasta el desvelo.
La muerte tiene llamas en los ojos
y un grupo de nombres para no quemarse sola.

HABANA 1933

A Walker Evans.

Las ruedas rugen el peso del aire;
arrojemos los ojos al mar.
La ciudad se humedece y el silencio
abriga revoluciones.
-“Se admiten abonados”- el eco retumba
como una voz inquieta.
Siempre que nos paremos en las esquinas
estén alerta los balcones. Allí
se mezclan las nubes y el fango,
se afilan uniformes.
Persianas agitan los círculos del rojo tableteo:
Habana fusilada.
De más de treinta crímenes hablarán
las páginas del panteón.
Será imposible cerrar la fortuna
aunque todas las fondas
envidien los pasos del pirulero
o las madres lleven sesenta años de luto.
La ciudad nos hala como un signo
en la frente del Karma.
Sabemos que el silencio llena las paredes de balas.
Estamos lejos de los estrenos,
la lotería sorteará su núcleo de sangre.
Ni la montura del veterano,
ni siquiera la estatua llena de sombreros
será capaz de prevenir la venganza.
Sesenta años continúa la rueda,
olvidemos los ojos, esta vez
arrojémonos al mar.

Generación

A Mario Fernández

En cuanto a nosotros,
hemos costado mucho.
Vasto y duro es este espacio
innecesario de balaustres.
Caminamos con un patio, un regaño
o esa noticia del pueblo
encima de la muerte en las familias.
Hemos forzado al tiempo a creer
que nos debe un encuentro.
Perdimos cartas, mudanzas, abrazos,
ojos cargados agitando
alguna ráfaga que hemos vencido,
por lo demás;
gritos que le hacen eco a la indiferencia.
En cuanto a los bailes, las ropas,
disfrazados frente al malecón,
cara al viento y tanto ruido,
tanto ruido seco que patenta la monotonía.
La época presume ser
testimonio y volumen desplazado.
(Con un martillo en los labios nos gritan:
¡Revolución, revolución!)
En cuanto a nosotros, el mar,
los que a él le retan cualquier generosidad,
cualquier nombre que nos negó
por tener la ambición de proclamar hijos.
(Nos han amarrado a los palos,
nos han secado la sangre,
nos han llenado de plomo.)
Avanzamos esgrimiendo los ojos
hacia la tierra.
Hemos visto a nuestros padres
caer,
repetirse en portales lejanos
y tatuados por un secreto
regresar al aire de la tarde.
Cualquiera diría que vagamos,
pero apretamos las puertas, la amistad,
las estrellas:
es necesario saber que haber nacido
en revolución
no ha sido tan sólo un privilegio del engaño.

Ojos más allá del mar

A Pablo Le Riverend

Mis ojos se han marchado
pero buscan al sur
la punta del agua,
y calculan,
la distancia que el tiempo
ha pretendido disfrazar de otras cosas.
Mis ojos desplazados
en temperaturas que no entienden,
se hicieron fuertes a lo extraño
y al color de un cielo que se fue moldeando
hacia la aceptación que empuja el destierro.
En mis ojos el polvo de unas leyes
lejos de mi regreso,
bancos de humo que le roban
ráfagas al azul,
y de nuevo,
dicen que sueño,
que suave corren a través de la olas,
cuando mi bandera los llena.

Tania

Tania: en la exhumida tarde cayeron los azules
como cabezas reventadas por la rueda de un ángel.
Fue todo más reconocible
cuando poseías unas manos
secando las lagrimas de tu boca.
De tu lado jamás se apagaron las velas.
(por vivos y por muertos)
La palabra asilo se refugió de un lado al otro del sillón.
Qué larga entonces fue la muerte.
Repitiendo la acción del visitante:
Los ojos listos para marcharse a otro rostro.
Tu sonreías,
toda inconciencia hecha humanidad.
La rueda de la tarde atropeyó aquellos gestos,
aquella manta que te cobijó cuando el mundo era mejor.
Después se multiplicaron los gritos.
Madre tomó la transparencia ciega del aire.
La lluvia de los huérfanos no duerme.
Resonaron botas y hierros y hombres.
Cráneos hermosos saltaron en pedazos
mientras alguna distancia te autorizó
a no reconocer los funerales,
a reir con la libertad de los que no han nacido.
Es la tarde del regreso, la exhumida.
Es la hora de voltear el rostro y decir:
“esas son cosas de Dios”,
antes de que de una a otra punta del mar
no exista sitio
para aquellos que la naturaleza colmó de ventajas.
Tus ojos tendidos no despertarán preguntas.

Viejas cuentas

Los muertos viajan con nosotros”
Gabriel Marcel

Hacia los muertos se nos cruzan los ojos.
Tan cerca, siempre en círculos,
y el frío en el núcleo de la fuerza.
Cerca de la cruces,
la ciudad desierta de cañas o de mar,
la ciudad en el silbido detrás de la caída.
Las paredes no dejan de estallar
ni en los rincones del norte.
Cerca de la palabra,
ojeras en la lluvia,
en las tardes cuando el cielo es una nube
toda rayo, todo nombre,
hueso y agúdez de los párpados
o en el corazón sellado por Dios.

El tiempo de las misas relincha.

Aquí no hallaremos más que casas
y padres en las portadas de las revistas.
Aquí no hallaremos más que aquellas capacidades que añejan
las habitaciones cortadas.

En los muertos se blande aún más el puñal.
Hacia los muertos estaremos vigilando.

Palabras en la huella

A José Martel

Si te buscara impaciente en las líneas de la soledad
que ha marcado tu pelo,
las líneas en la frente
y blanco,
un gesto contra la lluvia.
Ha llovido sobre tus brazos
y en la mitad de la búsqueda
nos fue creciendo la sangre,
salió hirviendo de tu pecho,
se fundió y tomó la forma de tus pasos.
Si te buscara en escaleras, peldaños,
tendría que alzar tantas huellas, tanta humildad,
que oteándome satisfecho
bajaría para andar juntos.
Y sin el premio o la palabra,
sin niñez o sin tierra
continuamos estrechamente firmes,
alimentándonos.
Si buscara la forma tricolor de la metáfora
emergerías del agua,
con tu pelo blanco y hombre
caminando con la espalda erguida.
Yo, con los ojos recogiendo las líneas en tu frente
acabaría por comprender
que algo más
que la palabra
se inclina siempre a tu favor.

El Tiempo

Es que el Tiempo es amarillo e incurable y tiene un sólo movimiento. Nos arrasa entre concilios que empalman sus lápsos, pero baja hasta dejarnos desnudos, y en cada debut simula un rostro diferente. Nos sortea sus trucos y nosotros caemos. Cuando dice estar enfurecido miente, siempre sentado como un rey en el cosmos. No se le ha probado un sólo borneo, nosotros giramos, giramos. Tiene sus apóstoles y sus elementos. Tiene ídolos y concubinas, y un espacio que no revelará. Hacia el Tiempo se van los muertos, los vivos, la palabra. Nada viene con el Tiempo, nada concede. Sólo absorve lo que llamamos ingenuamente “espera”. Las cosas se van, con el Tiempo, él nada trae. Sé que es amarillo y está enfermo y algún día morirá, después de nosotros.

No habrá manera…

“Tengo más, tengo un amigo”
José Martí

No habrá manera de romper el Tiempo
y la vida será un cordón antiguo,
impulsado por los años
y los sótanos,
arrinconados en nuestra mente.
Hallaremos el decisivo contacto de la estrella,
quizá el ladrillo del camino
recostándose en el puerto
de aquella playa de piedras,
en un murmullo,
como un premonitorio acento muerto
en el rugir del alma
o en el pincel de nuestro pueblo.
Feroces fueron los días;
hambre y opresión y odio,
amigo,
todo combinado en el mismo lugarejo,
definitivo callejón de la cuerda levadiza,
columpio de sueños,
donde el negro color rojo fue un engaño
y la sangre anónima corría por la alcantarilla más cercana,
estoy seguro.
Nosotros con un año de vista.
Un año de cáncer y muerte
y las pestañas cerradas
en aquella magma hirviente.
Sí, un año.
Hombres somos en el fuego de tierra extraña,
de inextrincables leyes,
de costumbres que caen en nuestras palmas.
También la amistad en un hierro,
algún acero enflorado,
cornijal de agonía,
compromiso inalterable:
ese tamo de plomo en la vena.

Rumpelmayers

A Noel Jardines

Hemos dejado las rodillas
o mejor el hambre
cuando escapando nuestras mesas
hemos sembrado la palabra,

y no moriremos tan pronto,
que a correr de uno a otro
el trueque nos quema;
subiéndonos el rostro
con tantos golpes.

Calle

Estamos tan cerca del suelo.
Los colores se resumen
en la oscuridad del aire.
¡Abajo! ¡Abajo!
Y nos apalean las sienes
desde adentro.
Tratamos de cruzar hacia esa dimensión
que jamás perdonará lo que hemos adquirido,
que jamás olvidará lo que nos falta.

A Jorge Valls

“No me duelen
los dientes de los hombres: más triunfante
muestra el alma su luz por la hendidura”.

José Martí

¿Cómo, os preguntáis,
ansiosos en la daga que él ignora
filtraremos sus mil libros,
su mano
al elevarse en el duelo
de las cruces que lo alzan?

¿Cómo entonces, su seguro caminar
cuando después de los abismos:
la corona del poema,
el pasaporte de las almas que lo aman,
en su diestra de alcanfor
como una mañana victoriosa
silencioso sostiene?

Es libre, os aseguro.
Calza los horizontes de la geografía.
Dibuja antgiguas risas en la sangre.

Ha traspasado el hierro de las rejas.
Con agua de sol ha despeinado el odio
que circula,
y más
de lo que no dice,
porque pasando todas las pruebas
se retiene de ofender.

New York ,1987.

Dos para la sombra

La ciudad nos recoge a pedazos la soledad.
Nos encierra en un golpe
y estamos hoy tendidos y las hojas caen.
La ciudad nos sacude en un derrumbe de agua,
se esparce desde adentro y nosotros
perdidos en el lapso de la ausencia.
Hambrienta de grito y ceniza
nos aguarda, nos aguarda.

Primera Lección
(Vocacional)

Abrieron el Centro
Vocacional de Oportunidad
organizativa.
Los trajes no podían aguantar
el celo, el extravío
de las voces que atravesaron el suelo.
Por amor a las “minorías”
podrían abrazar,
vender las rodillas.
Agudizaba el control
sin agujeros.
Vistieron de negro las corbatas
(ni siquiera por cortesía
alguien osó rozar
la separación de los colores)
Ladraron, el trueno de las voces
cortó las cintas
y bebieron
y estrecharon entre sus manos
varios panfletos e infamias.
Ya los estudiantes habían firmado
un compromiso hacia el éxito.

Intento de fuga

Has sido enemiga llamada noche,
cuando el hilo de las ventanas
rueda en forma de oscuridad.
Y es que eres desenlace. punto de inicio y fin,
es por eso que tus movimientos entonan la humedad.
Cada sombra te retuerce en el azul más libre del fuego.
Ruido inseparable, enemiga.
Te he sentido desde la intimidad inconquistable.
He bojeado tu cuello virgen
con una brújula sin tregua.
No eras búsqueda ni libertad ni asombro;
en tus pupilas comienzan los misterios.
Un acechante horror a hundirme
o esa piel que se nos echa encima
no permitirá que amanezca jamás.

Los Viajes

A Joaquín Gálvez

¿Acaso hemos sido víctimas de un catálogo
donde romper en mil colores los pedazos
nuestra vivencia quema
o tiene el dolor una puerta
vestida de pasaporte
o un rincón,
mejor, un papel que se niega a desprenderse
de raíces que pesan demasiado?

¿Acaso está definida la angustia
de tal ferocidad que también,
a pesar nuestro,
disfrazan la traición de sorteo,
acaso alcanzará el bolsillo
golpear tantas botellas de ron
sobre el rostro del poeta?

No seremos todos la máscara.
No seremos todos los que regresemos
con la cabeza baja,
para mostrar con elegancia el color de la miseria
como excusa.
No somos todos los que hemos olvidado
que un día apretamos con fuerza
la palabra Libertad.

Esta vez lo siniestro no amedrenta.
Esta vez el grito no apaga
la necesidad de lluvia que nos han arrancado.

Le dirán exilio,
entre risas, exilio,
entre viajes, exilio,
con un nudo en la garaganta, exilio
madre, te amo, exilio,
pero no regresaré
no regresaré
no regresaré
para que me escupan la cabeza.

Respuesta del aire

Recórreme,
pero ten en cuenta
que tengo oxidada la palabra,
que no existe ácido ni metal que se acerque a mi color muerto.
He perdido el privilegio de la ansiedad
y de la búsqueda.
Recórreme,
sentirás la vastedad de la rieles nocturnas.

Después que la lluvia se canse
absorberé el sitio
donde creyó no la alcanzaría.
Entonces ¿Dónde quedarás tú?

II

Bajo la luna de Arcadia

Micaela

Micaela espera,
cada tumbo del aire
le trae una mudanza más oscura.
Micaela mirando el Tiempo
en la tercera cuerda,
aquellos humos por el ópalo,
las cajas detrás del amarillo
papel donde repite su estado de ausencia.
Con la tierra en los pechos, la tierra en el vientre,
ah, dulce asesina.
Piernas extendidas por las ramas,
piernas implorando los relámpagos ausentes
y la ausencia una excusa hacia el veneno.
Micaela: raíz de anón,
te cuelga la cabeza de los ángeles,
por eso tendrás que nacer otra vez.

Gilgamesh

A Ernesto Briel

Gilgamesh atraviesa el bosque.
Enkidu lo marcó con un sello
pintado de muerte.
Hijo del corazón de los dioses,
Gilgamesh,
de piedra es el silencio final.
En Manhattan preguntan,
Rondean el triángulo las voces
que jamás podrán rozar
los cuadros de tu chaqueta.
Hablan de viajes, discursos,
de esos sueños que no se acercan
a los faroles que permean el pañuelo
o la humanidad que en tus ojos
vence las falsas simetrías.
La metamorfosis del duende habla,
se encoge, se retuerce.
Extiendes la mano,
en lo alto la mirada.
Entonces hay niños y reyes;
nombres de un oriente lejos de lo mucho
que te han obligado a aclimatar.
Con un golpe de espada mueve las montañas,
no hay rival ni descanso de cabello
hasta los bancos del Eúfrates.
Gilgamesh, violencia yace en el rojo.
En la plata un filo
esparce su olor de ópalo y de mármol.
Los arrecifes son el movimiento,
en tus pinceles,
ciudades se definen liberando la vigilia,
la última fuente que bautizó tu piel.
Lo demás un océano.
Allí,
tu risa lenta se crece
como una lluvia en la sed de los paraguas.

Apartamento solo

Esta pesadilla,
hipocausto de moderna estatura
que dirige su vientre,
su gorgoteo
contra la fiebre de la noche.

Este escuálido sabor,
esta sombra
de cigarrillos que calculan el vacío
la hermosas mujeres
que no cesan de crujir
las paredes de mi pelo.

Bajo la luna de Arcadia

La noche tiende sus alas, y tus ojos trazan el hilo de la palabra, perfilándonos el ámbito que nos libera.
No existen alianzas que enarbolen la lealtad hacia Esparta. Los setenta y dos que murieron en Peloponesia en la montaña, ignoraban la dureza del mérito en la lengua de los que se amaron bajo las hojas. Ahora se fijan en el ribete de una calle, lejos del más cercano deseo, y el Tiempo.
Las hebras de tu pelo captan, congestionan, la pálida insinuación de las lámparas e incómule juegas la Nereida que espera sus cintas, para traer locomociones al zaguán de los sueños, de los incontrolables sueños que aprisionas. Los tozudos combatientes fijaron sus cuarenta y siete mil y tantos días en la lealtad, para luego formar su propia defensa. Pero nosotros seguimos en el pródigo impasible del desenfreno, aunque nos ahogue la forma.
Hay tantas preguntas. Hay desconveniencia por estar pesando la ventaja, el quejido y el tórrido esmerarse, que en especial, le importa tanto a la luna de Arcadia o a los millares de hojas en el suelo, como a mi.
Ni siquiera el miedo mantuvo la lealtad. Porque de fiera nos sobra la nieve que en alguna noche cubrió el cúmulo de la Grecia. Hasta la lealtad viene a ser un método cuando se ha vivido un desbalance hacia las fiestas y los viajes, has de saber, que ésta y otras virtudes cultivaron los pastores, y nada de ficción o viajes hay en esto. Se cerraban las generaciones, los círculos beligerantes hicieron plataforma en nuestra desconfianza.
Es, entonces, algo de magia lo que nos señala en el radal de los dioses o nos viste de rojo en el mar. Es definitivo pensar, reitero, que Arcadia carga cuentas y las empuja como semillas hasta tu campo vestal. Y aunque se nos gasta la ciudad, todavía hablo de encanto. ¿Qué me queda sino el rumor de los cerquillos en la noche? Confieso, que si Arcadia te incrusta los sentidos, para mi existen avenidas que no alcanzan a cubrir los ruidos que me persiguen.

Mozart

Mozart sobre los arpegios
desprendido del anillo del último dedo,
para entender del toque la danza
mentido de los coros su festín.

Abrieron las flores sus medallas,
el revuelo de la nota:
Mozart pagando las rentas desprendido
como cuerda calibrando ya su toque.

Querida

Querida, disfrázate de una música fácil.
Vístete con una mueca que se ajuste a los domingos,
cuando ames
cierra las ventanas.
Después las huellas marcarán el asfalto, el instante en que de cálamo se beben los besos.
Después que la noche te arrojó extraña,
oh después,
ponte los vestidos.
Desde los gestos o la lluvia
quién puede soportar.
Algo y soledad es suficiente.
Transcurrir en la humedad y el vacío de los labios.
Desprenderse en un adiós
hacia el movimiento de los puertos,
cuando la luna nos tema.
Tállame la sed hasta el naufragio.
Después
vístete de humo o corcel.
Todos estarán vigilando.

II

Todos estarán vigilando.
Vístete de humo o corcel.
Después
tállame la sed hasta el naufragio.
Cuando la luna nos tema
hacia el movimiento de los puertos,
desprenderse en un adiós,
transcurrir en la humedad y el vacío de los labios.
Algo y soledad es suficiente.
Quién puede soportar
desde los gestos o la lluvia.
Ponte los vestidos.
Oh después,
después que la noche te arrojó extraña
se beben los besos:
el instante en que de cálamo
las huellas marcarán el asfalto.
Cierra las ventanas.
Cuando ames
vístete con una mueca que se ajuste a los domingos.
Querida: disfrázate de una música fácil.

Concluyen las vírgenes

De qué gaván se han desprendido
cuando adargan sus cuentas
desde Miami a Ontario
o en cúal de las apariencias
se recuestan los relojes.

Sé que cuentan
la lengua del secreto,
y si se engañan
intentan ser aún más.

Lo mismo azul que tarde
se ha descubierto.

Si fuera a describir el pelo
podría estremecer la humedad
o bien tatuar de labios
la razón del silencio.

Más al sur volverán a encontrarse,
a explorar el peso de la primera mirada.
Caerán en el sudor de la pupila
y otros gestos.

Here is a place for disafecction
Time before and Time after.

T.S. Eliot

Disidencias

Tanto le dimos al odio
que tenemos medida la existencia.
Intercambiando nuestros hijos
por otra realidad
más inconsecuente que la especie.
Asaltan la palabra en giro de las mesas,
de las trágicas tazas
a borbotones de fronteras.
Y el que vuelve la espalda en locomociones que ignoramos extrañados
por saber alguna que otra causa:
“Que no jodan más
y acaben de tirar las bombas”
¿Tanto le hemos dado a estos?
Otra vez hay que sentarse,
digo, el televisor suda,
otra vez, otro viaje:
las conversaciones.
En algún lugar se nos hincha el Tiempo.
hacia alguna butaca astral
se dirigen los hijos del hambre.
Tanto le hemos dado,
que saturados de botas, uniformes,
van cayendo entre los ojos.
Pero es necesario c o n v e r s a r más.
Hay que mantener esas corbatas
en sus ciudades correspondientes.

Detrás de Arcadia

La noche pasará
como todo lo que sufre su desvelo.
Esta profundidad de monotonías, de acentos,
golpes cuando no alcanza el suelo para caer.
Hay más en ti, tu gesto más feliz se encuentra al otro lado de la espera.
La oscuridad tan extensa.
Las confesiones de una mujer como el aire
o el agua. El calor, la palidez penetrante de su boca:
todo elemento y el fuego.
La noche pasará
como todo lo que no sueña a oscuras,
pesadillas en el epicentro de la soledad.
Ven, corre conmigo,
antes que se acaben los pueblos.

III

Del papel y el fuego

Del papel y el fuego

Está bien que te canses de cambiar mi puerta,
que olvides que un día
tus oraciones tenían una aleación
con mi nombre,
y a través de las rejillas de tu ventana
saberte muy por encima de los pasos ajenos.
Esta realidad poseía un futuro
cortado.
(No lo calculé asi)
Vives la relatividad de los juramentos, la humedad
de todo gesto que significó la desnudez,
la necesidad de purificar tu pasado en mi cuerpo.
No se puede ignorar la búsqueda,
los amantes de un río crecido
o hablar de la niñez con saciedad.
Nuestro futuro,
(un día quizá blanco,
como hoy)
traspasó sus ambiciones.
Está bien que cansados mis ojos
te requieran.
Esta realidad prevalecerá sobre todo esfuerzo.

Algo de culpa hay en todo esto

Se nos fueron, amor, destapando las bestias,
un cariz que apenas nació y rompió el eco
de tantos pasillos en la noche.
Se cerraron los labios, apretamos los espejos
anticipando otro camino.
Se nos fueron escapando las palabras,
quizá, ese amarillo que cerró el día
nos impulsó hacia el desvelo.
Nos cubrió la ciudad de otra existencia.
Colocamos los ojos más allá de las estaciones.
Nos atrapó una seña helada en la fiebre.
Pensamos trabajarnos como un poema,
pero éramos menos.
Éramos, amor, la tinta perdida.
La curva de algún atardecer comulgado,
y el perdón se fue alejando
sin encontrar salida.

Del fuego

Atravesar el naranjal,
el agua de la niña que tiembla,
se deshoja, despierta.
Ver a Dios
azul entre las palmas.
Buscar en el sonido que ahogó la palabra
la cuerda y tu voz
arrazándome.
La tarde bajo yagüas,
en el rojo intercambio el deseo y transparente
tu primera voz, tu primera humedad mordida.
En tu juventud se estira el aire.
Buscándonos por no mentirle
a la mujer que nace en mi boca,
aquella niña atravesada que marcó mis huellas
para reiterarme la seguridad en la existencia.
Atravesar tus besos, dejarte en la piel
todo el tiempo que nos robó el tiempo.
Sentir cálido el salitre golpearnos de lejos,
tus ojos y de lejos reir con certeza.
La cintura al borde de mis manos,
una mezcla del olor perfecto.
Bajar a tus labios. Tus primeros labios
abordados en la tierra,
en la sábanas donde vaciamos la inconciencia.
Atravesar el verso:
nubes en tu cuerpo
como gotas.
Atravesar la distancia.
Y qué feliz ignorar la geografía.
Buscarnos cada tarde después de comprender
que todo fue posible menos la saciedad.

Alarido

Lejos de la puerta,
conspirando, gesto al ristre.
Boca cuando de gris se tuerce la lluvia,
en el compás de Mayo,
llena de esferas tiembla.
Lejos,
rozando apenas los rincones
donde estuvimos dispuestos a morir.
Conspira, mujer boca,
abierta en ecuadores,
crecida ante la nueva tierra,
oh lejos,
y del aliento arrugas.
Rasurada en la existencia,
salvaje y anaquel golpeado.
Siempre cavando su hospicio
con la salud en los párpados violeta.
Fotografía marcada como una trampa;
seda y lengua y ataúd.
Lejos de ti, lejos.
De ti el pecho buceando su herida de coral.

Ocean Gates

Por las olas respiran manchas
de lo que ha quedado de la tarde.
Por las olas flotan pupilas
y anclan en metas que esconden
el cuerpo en otras latitudes.
Cuerpo en sal y labio marino,
alguna vez hospedaje del precio común
en las casas auyentadas.

Por el boardwalk se pueden medir
los pasos a la alcoba
y sombras que huyen.
Hasta aquí llega el espanto,
pero tú
me llevarás rodando
del blanco al blanco de la altura y de la noche.
Pero tu me llevarás a tu hermoso dolor
donde mía es la paz de sabernos
otra vez sabor y otra vez aire.
Y sin mirarnos flotaremos en la marea de esto que llamamos vida.
Y sin necesidad de esperarnos al final de la calle ni a las salidas
de la escuela hemos esculpido el bosquejo del alba.

Por las olas tendidas circulan las botellas de los solitarios.
De una algarabía de niños se refugia el día.
Nosotros estamos al borde de las puertas del océano,
pero será otro secreto, una añadidura o un gemido en nuestro album.

Rosey Hall

Este silencio no puede ser nuestro.
Le pertenece a las ventanas que jamás
se adueñan de las luces distantes.
Nosotros rompemos todo empeño de la geografía.
Vivimos siempre de espaldas al aire,
con las manos amando las espinas del silencio.
Nosotros no podemos ser este espacio,
esta ausencia que no nos deja latir en otras manos,
estas horas de miedo dando vueltas.
Somos el silencio y la espera.
Expansión de mar en los cuerpos.

I

Nos basta encontrarnos, regresar
como la lluvia en tropel
o tacto indefinido,
disponer de la necesidad de un instante.
Deshabitarnos de esa madrugada
que alguien desangró para nosotros.

II

En tus ojos el mar:
la inmensidad más simple de tu forma.
Esa guerra dual
que escondes en la acrobacia del desprendimiento.
La ansiedad de la mujer que quiere
arrancarse el Tiempo.

III

Vuelve la palabra
cuando tu risa amenaza
el ademán interior que abrigo
como un verso en el fuego de los dos.

IV

Dejemos correr las aceras, los astros.
Todavía nos queda algo más:
pedir el turno que nos corresponde.
Sabremos decir lo que hemos dejado
para un tiempo mejor.

V

Háblame de piruetas y sueños a la medida
en que no desees soñar,
de cómo nació el misterio, esta infiltración
cuando dan las cuatro
y estás presente.
Háblame de ser niña con todos sus peligros,
de la movilidad en que debates tus conclusiones,
de la humedad en tu mirada
cuando no quieres pensar
e insisto.

VI

Hemos concebido la noche.
Hemos bautizado tantas cosas
que nos falta espacio para ser libres.
Nos pertenece el ámbito de los colores,
los días viernes,
la interpolación de nuestras sombras
al intentar un combate justificando que somos
más que cualquier conjuración que adquiera la forma del deseo.

VII

Sé exactamente donde guardas tus llamas.
Me atrevería, tal vez, a insinuarme
en alguna oración que no recuerdo.
Pero eso es lo de menos.

VIII

No hay violín que me aparte
de tus ojos entre las lámparas y el humo.
Tus días cortados por otras manos;
la postal arrugada, la mitad de una suerte
que recuperaría en una nota que cuelgue de tu herida.

IX

Son las dos,
el sol me filtra letra a letra
tu nombre
en cada hoja.
Comienzo a sentir un espacio en llamas.

Serán las dos.
No habrá noche ni pestillo que evite
la convicción, todo el concepto
al coincidir en el alcance más ronco del amanecer.

Entre los dos
un juego que no abandona.
Una palabra que ahoga el rayo en que debatimos
la efímera posibilidad de ser.

X

Amiga. Qué tinto el timbre de tu voz.
¿Qué primavera te alza en los sonidos de mi ausencia?
Has llegado como la transparencia de un segundo
explotando los rincones de mi hiel.
¿Cómo decirte quiero cuando éres la palabra?
¿Cómo rozar tus venas si soy el invierno
y le tiemblan las manos a mi corazón?

XI

No son tus ojos al cubrirme,
ni la piel sellada con su inclinación perpetua.
Es el sentido donde
no llega la palabra.

XII

Vuélvete, no soy el interés
que engrasa sus cadenas hacia otro abismo.
Soy el invierno, reitero.
Esa fuerza simple y necesaria
como un punto de partida.
Me divido en los refugios de la piel,
en la multiplicidad de voces ciegas que no cesan
en su caravana de velas.
Continúo ardiendo bajo los silbos que cubren la apariecia.

XIII

Aunque no comprendas, aunque le falte
al vino una semana o tres siglos
o nos aclaren
que el plato predilecto
es el que suena mejor cuando es tarde.
Aunque no escuches y nos impongan la Piaf
y me confundan con un objeto que se repite como un televisor.
Te seguiré explicando, sin mucho interés, que tu presencia
es absolutamente necesaria.

XIV

Si desconoces el amor,
cuidate de su debastadora máscara de volcán
disfrazada de gota,
de su peso y precisión
en la soledad que penetra
lenta pero inevitablemente,
para juntar sus explosiones.

Si creíste haber amado alguna vez,
esta vez es una retrospección de todas tus pasiones
con la única diferencia
que ahora puedes someter al mundo.

Todas la palabras serán insignificantes
menos la Palabra
que tus sentidos no llegan a cubrir
por le hambre de tus sentidos.
Todos los símbolos serán
el símbolo de la semilla
que ha sembrado en ti la Palabra.

XV

Ayer.
Nosotros apartados en las simulaciones
que frecuentan aquellos que saben más
pero no donde.
Tratando de insinuarle al lunes un comienzo.
Escuchando viajes, visitas y pretenciones
sin ver un fin.
Escudriñando la luna como si fuera virgen.
Con los ojos en la tierra
pero desatando las contradicciones del que no despierta,
pero sabe que cada pesadilla
es un trampolín hacia las estrellas,
y que cada salto en el estómago
embriaga mas la salida.
Nuestras sombras tersas, sudando,
y la piel bordada de fantasías,
suspendidos como forasteros
en una cama que lleva otro nombre,
alrededor, alrededor,
vigilantes en la verdadera imagen,
pero perdidos.
Con nudos en la garganta de las venas,
dándonos a la muerte en la forma más estrecha.
Deambulando en el deber
por tantas cosas ajenas
que encontramos la felicidad
cuando el dolor nos diminuía su dósis.
Nosotros, cuyas noches alunizaron sus deudas en un escape,
sabemos que este ayer existe
en las huellas de los amantes.

Los divorciados

Felices cuando sintieron el arroz
hacerlos una tradición.
Entre las lámparas bajaron la voz
para elevar los juramentos,
ahogándose, ahogándose.
Los cuadros se repetían como el turno
de lavar los platos.
La noche entró por la ventana,
(se miraron)
y el papel y el cura y las fotografías
volaron por la habitación de los niños

Epílogo

Ahí está,
ese estrechón de manos que extiende
una vela negra,
alguna receptibilidad a la penumbra.
Hay abrazos que golpean
como un puñal
adentro
y retuercen y exprimen los nervios
para sacarle al hombre las fieras,
los duendes del hedor a los ojos.
Ahí está, acechándote, esa sonrisa,
esa inquietud de hacer revoluciones,
(fraternidad iconoclasta)
construir en la virtud un universo,
tatuarle reafirmaciones en el vacío
a la inteligencia.
Todo eso y más y cenizas
cuando cruje el zarpazo de aquél que
un día
acarició la cabeza de tus hijos.

®Copyright Rafael Martel 1992


One Response to “Cuando se acaban los pueblos”

  1. porque no publicas tus ultimos poemas. seria interesante ver como has evolucionado. Oscar Bulenda

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