La muerte de Lorca

Por Rafael Román Martel

Del carro que se estaciona a unos metros de la casa de la familia Rosales se bajan Ramón Ruíz Alonso, Juan Luis Trescastro Medina, quien pudo haber tenido lazos familares con Lorca ya que estaba casado con una prima lejana de éste, Luis García Alix, Sánchez Rubio y Antonio Godoy, el Jorobeta. Tocan a la puerta. Doña Esperanza Camacho de Rosales se asoma.

-Tengo orden de detener a Federico García Lorca, que ustedes tienen escondido aquí-sentencia Ruíz Alonso.

El poeta, que está en su habitación, baja las escaleras.

-Esto es un error….un abominable error-

-Vamos-responde Alonso.

El automóvil se aleja del número uno de la calle Angulo.

Era el 16 de agosto de 1936, en la pintoresca ciudad de Granada.

La madrugada del 19 al 20 de ese mes, sin juicio, sin ninguna acusación comprobada, sería asesinado, junto a dos banderilleros y un maestro, Federico García Lorca.

La España de 1936, sacudida por la turbulencia política culminó en preámbulo de la segunda guerra mundial. El 16 de febrero el Frente Popular gana las elecciones por un margen de 703,000 votos en la España Republicana que había nacido en 1931. Las luchas políticas entre la derecha y los comunistas y anarquistas se tornan sangrientas y el extremismo-de uno y otro bando-ocasiona un caos político que comienza a inquietar a los sectores más tradicionalistas y conservadores del país.

En la noche del 12 de julio cuatro falangistas le quitan la vida al teniente de las Guardias de Asalto José Castillo. Al día siguiente los republicanos asesinan al líder derechista José Calvo Sotelo. El ejército, que preparaba la sublevación, acelera sus planes: el 17 de Julio se inicia el levantamiento en el cuártel de Melilla, Marruecos español, luego se extiende hasta Cueta y Tetuán. El 19 rebelión se expande a la península. Era el comienzo de la guerra. En New York llega la noticia el 19 de julio: “España chequea alzamiento del ejército, fuerzas de Marruecos se rebelan; 2 ciudades en Africa son bombardeadas”. De esta forma encabeza el New York Times la primera noticia de lo que sería un extenso reportaje que se prolongaría a través de la guerra. Al día siguiente, junto a las fotografías de José Giral, José María Robles y el General Queipo de Llano, aparece la del general Francisco Franco, identificado como jefe de la sublevación.

En la noche del 13 de julio Federico García Lorca se encontraba en Madrid. El poeta Juan Gil-Albert relató que la muerte de Calvo Sotelo aterrorizó a Lorca, quien abrumado le preguntó-¿Qué va a suceder ahora?- Visita a su viejo tutor Antonio Rodríguez Espinosa, al que le dice:-Se avecina una tormenta y me marcho a mi casa, estaré fuera de peligro allí

El 16 de julio es el último día que Lorca pasa en la capital. Le pide a Rafael Martínez Nadal que lo acompañe a tomar el tren hacia Granada. -Toma esto, si algo llega a suceder, destrúyelo todo. Si no, me lo entregas cuando te vuelva a ver-. Nadal recibe un paquete que contiene documentos personales de Lorca y se despiden. Federico reconoce, desde la plataforma, en uno de los carros, a Ramón Ruiz Alonso, el ex-diputado de las CEDA, al que llaman el “obrero amaestrado”, el hombre que días después formulara la acusación que lo llevaría a la muerte.

Los historiadores más serios sobre la muerte del poeta – Gibson, Vila-San Juan y Marcelle Auclair- no llegan a un punto convergente en hallar causas directas para la acusación de Ruiz Alonso a García Lorca. Más bien, Lorca se había situado en una posición peligrosa en lo que era el comienzo de una guerra civil donde el antagonismo de clases e ideologías traspasó la infrahumanidad. Sus simpatías por la República y el Frente Popular, sus declaraciones y asociaciones con izquierdistas no lo favorecerían en los días de la turbulencia. El papel de director artístico de la compañia de teatro rodante La Barraca, auspiciada por los izquierdistas, tampoco lo ayudaba a pasar desapercivido en una guerra de tales magnitudes, donde el odio y el resentimiento, añejados en siglos de represión, se desceñían incontrolablemente por ambas partes.

Como ejemplo de ello al principio de la guerra los nacionalistas fusilaban a cuarenta republicanos todas las mañanas-menos los domingos-en Valladolid, mientras que los “rojos” asesinaron, en tres años, a trece ovispos y a más de seis mil sacerdotes católicos. De las masacres dice Arturo Barea en el libro testimonial de Robert Payne-”Me estremecía la brutalidad y la cobardía colectiva de los espectadores”-.

Manuel Fernández Montesinos, alcalde repúblicano de Granada y cuñado de García Lorca; fusilado en los primeros días de la represión.
La afirmación de Garicano Suñer de que en aquellos días ver aun comunista “era como ver al demonio”, por otra parte, el hecho de que un sujeto, llamado Fernández de Dios, escribió al ministro de justicia para cambiarse el apellido a Bakunin, porque no quería tener nada que lo relacionara a Dios, ilustran el grado de animosidad que existía entre los dos bandos.

El saldo en tres años de guerra civil ha sido calculado entre medio millón al millón de muertos. Existen verdaderas contradicciones en las cifras, Hugh Thomas, por ejemplo, estima que la cifra oscila entre 410,000 a 600,000 muertos.

Lorca llega a Granada el 17 de julio. En una entrevista para el periódico El Sol en marzo Federico había calificado a la clase media de su natal Granada como “la peor en España”. En cuanto a su posición como español había declarado: “Soy hermano de todos los hombres, y execro a la persona que se sacrifica por una idea abstracta, nacionalista sólo porque ama a su patria con una benda en los ojos.” Rotundamente, éstas y otras declaraciones identificaban sus simpatías con la república. Teniendo esto en cuenta, Lorca, muy lejos de ser un especulador político, calcula mal al tratar de refugiarse en Granada hasta que pasara “la tormenta”. Es, precisamente en las áreas rurales, provinciales, donde las revoluciones suelen mostrar sus ángulos más siniestros.

Federico no carecía de enemigos en el interior. La Fuente Ovejuna de Lope de Vega, representada por La Barraca, fue causa de disgusto y resentimiento para la derecha por “la supresión de toda referencia a Fernando e Isabel”. En Albacete, donde se presentó la obra durante el verano de 1933, la prensa local atacó fuertemente la obra, estos ataques se intensificaron por los próximos tres años. Por su fama, por el reconocimiento internacional que su talento iba labrando, la animosidad y el rencor agudizaban más en Granada que en Madrid o quizá en cualquier otra ciudad, porque en su pueblo lo esperaban las venganzas internas, la más tajante reacción hacia su postura liberal, universalista. Y por estar retirado de la capital tanto más vulnerable para que se materializara la inquina; tanto más fácil asesinarlo.

El poeta trató de pasar inadvertido en un sitio donde sería fatalmente señalado.

El 23 de julio los nacionalistas tenían control total de Granada, habiendo perdido sólo media docena de hombres. Desde el primer día que toman el poder se realizan fusilamientos en Granada. El edificio del gobierno civil se convierte en una cámara de torturas donde una de ellas, “el avión”, cobra una popularidad lúgubre entre sus víctimas. La acusación de un falangista o de algún ciudadano “de las derechas” se convertía en ejecución en cuestión de horas. Lorca se refugia en La Huerta de San Vicente, propiedad de su familia. Allí, entre padres y hermanos, confía estar seguro. Uno de los días del verano andaluz le preguneta a la niñera de sus sobrinos:

-Angelina, si a mi me mataran ¿llorariáis mucho?-

-¡Qué cosas tiene, señorito! ¡Siempre con esa manía!-

Ignacio Sánchez Mejías, torero a quien Lorca dedicara uno de sus más sentidos trabajos.

La Granada de 1936 estaba lejos de los días en que Lorca y Manuel de Falla organizaron el Festival de Cante Jondo (1922) o la que recuerda John Trend en 1919 cuando conoció a Lorca recitando en el Café Alameda donde se reunía la nata de la intelectualidad, en un periódo al que Gibson llama justamente “único” en la historia del arte granadino. En aquel verano del comienzo de “La Cruzada” la ciudad había cambiado y Federico también. Una premonición de muerte lo absorvía. Estaba inquieto, sombrío, como en la madrugada que en Castilla -según Neruda-Lorca presenció una piara de puercos avalanzarse y despedazar a un cordero, escena que lo aterrorizó. “Tres meses antes de la guerra civil, Federico me contaba esta historia terrible”-escribe Neruda. El poeta chileno interpretó este extraño suceso como “la premonición de su increíble tragedia”.

La familia García está comprensiblemente inquieta. Deliberan, discuten las posibilidades de pasar a Federico inadvertido en esta ola de terror. Manuel Fernández de Montesinos, cuñado de Federico y nombrado alcalde de Granada el 10 de julio, se encuentra detenido en el gobierno civil. Montesinos sería fusilado el 16 de agosto. La familia está consciente de las relaciones de Federico y el Frente Popular, de las declaraciones al diario madrileño La Voz. En diciembre de 1935 los catalanes le habían ofrecido un homenaje. A principios de 1936 había participado en homenajes a Rafael Alberti, Valle-Inclán y Luis Cernuda. Había firmado un manifiesto junto a Antonio Machado y otros intelectuales de izquierda. El documento estaba a favor de la Unión Universal por la Paz y fue publicado por el diario El Sol. El 1ro. de abril firma otro manifiesto, esta vez demandando la libertad del revolucionario brasileño Carlos Prestes. El 1ro. de mayo envía un mensaje a los obreros de España a través del seminario Ayuda, publicado por la Organización Roja de Ayuda Internacional. En las primeras semanas de mayo firma otro manifiesto antifacista y el 22 del mismo mes asiste a un banquete donde los asistentes cantan la Internacional.

La familia tiene suficientes razones para preocuparse. Los nacionalistas no tienen cabida para la misericordia ni para consideraciones de índole intelectual. Los comunistas han establecido la norma.

El 23 de julio el general Queipo de Llano había dicho en la radio:

“Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los rojos lo que es ser hombres. De paso, también a las mujeres de los rojos; que, ahora, por fin, han conocido a hombres de verdad, y no a castrados milicianos”.

“Dale café, mucho café”
Queipo de Llano

Unos días más tarde Queipo de Llano habría dado la señal definitiva a José Valdés Guzmán, gobernador civil de Granada, que autorizaba la ejecución de Lorca:-”Dale café, mucho café.” En cuanto a sus amenazas por la radio, serían cumplidas y más, por la barbarie en que se enfangan los hombres en la guerra.

Seguridad en Angulo, 1

“En efecto, era un gran poeta y se le fusiló en los primeros días en que estalló el Movimiento, cuando Granada estaba casi sitiada y en situación difícil. En esos momentos no se podía ejercer allí ningún control y las autoridades tenían que preveer cualquier reacción contra el Movimiento por elementos izquierdistas. Por eso fusilaron a los más caracterizados, y entre ellos a García Lorca.”
Francisco Franco
“Mis conversaciones privadas con Franco”
Francisco Franco Salgado-Araujo

La situación en la Huerta de San Vicente se torna peligrosa cuando dos hombres que rondean la casa eaparecen más tarde con un grupo armado buscando a Antonio Perea Ruíz, a quien califican de “rojo” y acusan de quemar la iglesia del pueblo. No hallando a Antonio hechan mano de su hermano Gabriel, casero de la Huerta. Lo comienzan a interrogar, lo atan a un árbol y lo golpean salvajemente. Federico protesta y es golpeado en la cara. Uno de los asaltantes le dice:”…Te conocemos bien, Federico García Lorca.” Se llevan a Gabriel, quien sería puesto en libertad días después. El suceso estremece a la familia. Se reunen. Consideran las alternativas. Hay que llevarlo a un sitio más seguro. La frase “te conocemos muy bien” los hace pensar en los poemas contra la Guardia Civil, La Oda al Divino Sacramento del Altar, que enfureció a Manuel de Falla por no expresar el debido respeto a la iglesia y encima de eso dedicársela a él. Su amistad con Ruíz Carnero, Alberti, Fernando de Los Ríos, sus simpatías con la república. Ahora pesa sobre ellos las declaraciones de Lorca al diario La Voz del 1ro. de abril de 1936, cuando admitió estar hablando como “un verdadero socialista” o la querella judicial que tuvo que enfrentar por el Romance a la guardia civil española. Tantean las opciones. Salta un nombre. Manuel de Falla, respetado, “muy de derechas”, enojado con Federico. Se descarta. Después de analizar extensamente Lorca propone: Luis Ro-sales, el joven poeta granadino, amigo de Federico. En su familia cinco hombres, entre ellos “camisas viejas” y en conjunto una familia cuya casa era prácticamente el cuartel de la Falange en Granada. Deciden hablar con Luis. Responde afirmativamente.

Días después está Lorca viviendo en Angulo No.1. Allí estaría seguro. ¿Quién podría hacerle daño en lo que era casi un santuario nacionalista?

Sus días en casa de los Rosales son aparentemente tranquilos. Lorca lee, toca el piano y conversa, pero también piensa y muestra el lado opuesto de su conocida alegría a lo que su amigo Guillermo de la Torre define como “su euforia contagiosa, reflejo del casi permanente estado de trance lírico en que dionisiacamente vivía”. Ciertamente lo hostiga más que una premonición. Días antes, en la Huerta de San Vicente había recibido una carta anónima donde se le injuriaba y amenazaba. Esto, añadido a la intuición del poeta, intuición con que están dotados los que derrochan sensibilidad, lo marcaba en una concepción fatal encerrado en las largas tardes del verano andaluz.

Paradójicamente, Federico le había dicho a Edgar Neville el 15 de julio: “Me voy a mi pueblo para apartarme de la lucha de las banderías y las salvajadas.

Federico lee y sale al patio, no sale a la calle los días que vive en la casa de Miguel Rosales Vallecillos y su espo-sa Esperanza Camacho Corona. Ha-bla de un poema que piensa escribir y que- según Luis Rosales-titulará A-dán. El historiador espalñol José Luis Vila-San Juan afirma que Lorca le propuso a Luis Rosales escribir juntos un “Canto a los muertos de la Falange” aunque presenta sólidos testimonios que contradicen ideológicame-nte su insistencia. Pero Vila-San Juan, sagaz, profundo y objetivo en su análisis, persuade y convence de que, en efecto, García Lorca, propuso un himno al movimiento de José Antonio Primo de Rivera. Debido a su situación, a que “no tenía el valor físico de un Miguel Hernández”, y a la afirmación que le hiciera Narciso Perales al historiador, todo parece indicar que Federico-pese a que Luis Rosales lo negó-propuso a éste escribir el “canto” o “himno” a los muertos de la Falange.

La tarde del 16 de agosto se acerca un automóvil a la casa de los Rosales. Ninguno de los hombres de la familia se encuentra en casa. Del carro se a-pean Ramón Ruiz Alonso, el ex-diputado de la CEDA; Juan Trescastro; Luis García Alix; Sánchez Rubio y Antonio Godoy, el Jorobeta. Tocan a la puerta. Doña esperanza se asoma.

-Tengo orden de detener a Federico García Lorca que ustedes tienen escondido aquí-sentencia Ruiz Alonso.

Doña Esperanza protesta. Los convence de que no se lleven al poeta hasta que uno de sus hijos esté presente.

Lorca está en su habitación, baja las escaleras-Esto es un error, un abominable error-exclama.

-Vamos-dice Alonso.

Federico es trasladado al edificio del gobierno civil. Al entrar es golpeado con la culeta del mosquetón por un guardia de asalto. La acusación formal proviene de Ruiz Alonso. Se le acusa de “espía ruso”. La acusación, totalmente rídicula, es sólo el pretexto pa-ra eliminarlo. Miguel Rosales, hermano de Luis, quien acompañó a Federico al gobierno civil, se alarma. Doña Esperanza había conseguido que no se llevaran a Lorca hasta que uno de sus hijos estuviera presente. Ya en el edificio del gobierno civil Miguel Rosales pide que no se le lleve al poeta a los “interrogatorios”, sabiendo el atroz resultado de estos. Cayendo la tarde los García Lorca enfrentan la noticia del fusilamiento de Fernández de Montesinos, Concha, hermana de Federico es ahora viuda de Fernández Montesinos.

Para la familia ha sido una tarde siniestra.

Esa noche un muchacho falangista, al que sólo se le conoce como el Beret, puede ver a Lorca. (Tanto Marcelle Auclair, Ian Gibson y José Vila-San Juan afirman la existencia del Beret, aunque en sus investigaciones jamás pudieron hablar con él. No obstante, testimonios de los que le conocieron ratifican su visita a Lorca la noche del 16 de agosto) El Beret le entrega un paquete a Lorca, quien había pedido mantas y cigarrillos. El poeta se encuentra “pálido y desecho”. Un amigo de Federico, Julián Fernández Amigo, quien lo encuentra muy nervioso, también lo ve aquella noche. Amigo le deja unos cigarrillos. La familia Rosales espera a Luis y a José Rosales que llegan del frente. Indignados ante el arresto de Lorca, se presentan ante el gobernador civil en la calle Duquesa, van acompañados de otros falangistas.

Al enterarse de la acusación preguntan quién es Ramón Ruiz Alonso. Alonso contesta e intercambian palabras en un tono fuerte. José Rosales hace una declaración oficial puntualizando las formalidades del asunto. José logra hablar con Valdés, quien le explica la gravedad de las acusaciones: socialista y agente de Moscú. Deja que José hable con Lorca al que le entrega un cartón de cigarrillos Camel.

-Mañana te saco yo de aquí-le dice José

-¿Seguro Pepe? ¿Qué quieren hacerme?-pregunta Federico.

A la mañana siguiente José Rosales consigue una orden de libertad para Federico García Lorca del Coronel Antonio Gonzales Espinosa, Gobernador militar. Rosales está convencido de que en sus manos lleva el papel que salvará la vida del poeta. Ese 17 de agosto, armado con su documento, José entra seguro al edificio del gobierno civil. Pero Valdés le comunica que ha llegado tarde, que Lorca ya no está allí.-Ya lo habrán fusilado.-continúa friamente el gobernador civil-¡Y ahora vamos a ver qué hacemos con tu hermano!- José sale convencido de que Lorca está muerto y más terrible para él es la amenaza de que a Luis, su hermano, le va a suceder lo mismo por ser el responsable de refugiar a Lorca en su casa. Valdés miente. Lorca está vivo. Valdés espera luz verde de Queipo de Llano en Sevilla, porque, aún con los antecedentes de Lorca ante los ojos de los nacionales, es un personaje de mucha importancia para matarlo sin el consentimiento de sus superiores.

Lo cierto es que se habían llevado al poeta para “La Colonia”, lugar donde pasaban las últimas horas los que serían asesinados. Es posible que la orden de ejecutar a García Lorca se haya efectuado la noche del 18 de agos-to en una comunicación telefónica entre Valdés y Queipo de Llano. Según testimonio de Germán Fernández Ramos, miembro del gobierno civil, quien escuchó de labios de Valdés cómo se desarrolló aquella conversación, testimonio recogido por Gibson, señala que Valdés preguntó a Queipo de Llano -¿Qué hago con él? Lo he tenido aquí por dos días- Queipo de Llano contestó-Dale café, mucho café- Esta era la señal del general nacionalista para autorizar una ejecución.

La madrugada del 19 de agosto de 1936, sacaron a García Lorca de “La Colonia”.

Los prisioneros que fueron ejecutados los primeros días del triunfo de los rebeldes en Granada cayeron frente al muro del cementerio de la ciudad, fue allí donde fusilaron al cuñado de Lorca, Fernando de Montesinos, tres días antes del asesinato del poeta y el día que éste fue arrestado en Angulo No. 1. A otros le daban paseo, los sacaban en la madrugada de La Colonia, una villa localizada en Víznar, a unas cortas millas de Granada, los llevaban cerca de Fuente Grande, una hermosa fuente al pie de la Sierra de Alfacar, alli nace una línea natural que separa a la vegetación de la roca. Aquella madrugada del 19 al 20 de agosto de 1936, el viejo Buick que transpotaba a los prisioneros llevaba a un poeta, un maestro y a dos banderilleros. Los banderilleros son Francisco Galadí y Joaquín Arcollas , el maestro es Dióscono Galindo González, es cojo. El poeta es Federico García Lorca.

Los cuatro son conducidos “hasta la altura de La Colonia”. Alli se detiene el Buick y bajan todos. La macabra comitiva avanza en el silencio de la madrugada hacia Ainadamar, Fuente Grande, “fuente de las lágrimas”.

A unos metros de ésta suenan los disparos. Los cuerpos ruedan por la tierra ensangrentándola.

Han asesinado a García Lorca.

“Yo le he pegado dos tiros en el culo por maricón” Juan Luis Trescastro Medina, Bar La Pajarera, 20 de agosto de 1936

Se cree que el cuerpo de Lorca está enterrado al pie de la Sierra de Alfacar, en/o alrededor de un puentecillo a pasos de “la fuente de las lágrimas”.

El 12 de octubre el New York Times publica la siguiente nota , enterrada en una columna de la página seis: “Consternación ha causado la muerte del conocido poeta español Federico Gracía Lorca. Aparentemente asesi-nado detrás de líneas insurgentes”.

Los motivos de su muerte permanecerán siempre oscuros porque a los ojos de la humanidad el crimen es injustificable. Pero para sus enemigos Lorca representaba un peligro. Su acusador, el tenebroso Ruiz Alonso, lo manifestó cuando dijo-Ha hecho más daño con su pluma que otros con sus pistolas-.

Federico García Lorca brillaba en la España de 1936. Brillaba acechado por la envidia, por la ignorancia, que, alimentadas por el dogma, pueden exacerbar los más viles instintos en el ser humano.

En 1936 ya era una figura internacional. Fue a refugiarse de una ominosa premonición en la Granada que él creyó conocer, la Granada de los poetas, de los intelectuales con sus libertinajes y felices extravagancias, con sus mundos ávidos del genio y la risa que el poeta tan naturalmente dominaba y ofrecía a sus amigos.

Jamás imaginó que él siempre había sido un extranjero en su tierra y que debajo de los más humildes obreros, debajo de los más insignificantes ciudadanos se robustecía el odio, la envidia, la crueldad en su máxima expresión.

“Lorca era envidiado por sus dones, tenía dinero, tenía éxito. Cuando los militares tomaron el poder, su ejecución era sólo cuestion de tiempo. Un homosexual, liberal y con éxito no se podía tolerar en la Esapaña de Franco” Ian Gibson

Al estallar la guerra estallaron también estas pasiones ocultas. De un bando y de otro comenzaron a destacarse personajes siniestros, hombres de la más baja calaña, los que suelen desbocar sus frustaciones en la violencia que les propicia el momento.

Los poetas son aborrecidos por aristócratas, políticos, generales, zapateros, limpiabotas, barredores de calles, dictadores etc, precisamente porque no los entienden y cuando lo hacen, las verdades del poeta molestan, irritan, porque en su voz se ma-nifiesta la estructura de la luz.

Lorca reunía los elementos de la palabra y con ellos triunfó. Entre la belleza de su lenguaje y la profundidad de sus metáforas cantó sus verdades, sus verdades de la España aústera y agobiante en La Casa de Bernarda Alba, de la crueldad de la Guardia Civil española en el romance que les dedicó, a la iglesia en la Oda al Sagrado Sacramento del Altar. Y cuando propagó sus verdades los enemigos del poeta lo sintieron, pero se sabían indefensos ante el poder de la palabra. Jamás perdonaron su atrevimiento, su homosexualidad y, sobretodo, su talento, éste último víctima de amigos y enemigos. A esto añadimos sus declaraciones, sus amistades, en su mayoría afiliadas a la república, su activa participación en La Barraca y la fuerza con que era reconocido mundialmente y los hechos nos llevan a la conclusión de que la decisión de refugiarse en su pueblo natal tornó a ser su viaje hacia la muerte.

Bibliografía

1. Vila-San Juan, José Luis, García Lorca, Asesinado: Toda La Verdad. Edit. Planeta, Barcelona, 1975
2. Gibson, Ian, The Death of Lorca, Edit. J. Philip O’Hara, Inc. Chicago, 1973.
3. Gibson, Ian, Federico García Lorca, A Life, Edit. Pantheon Books, New York, 1989.
4. Gouffon, Claude, Granada y García Lorca, Edit. Losada, Buenos Aires, 1967.
5. Thomas, Hugh, The Spanish Civil War, Edit. Harper & Row, New York, 1961.
6. Payton, Robert, The Civil War in Spain, G.P. Putman’s & Sons, New York, 1962.
7. Neruda, Pablo, Neruda, Confieso que he vivido, Memorias, Edit. Losada, Buenos Aires, 1974.
8. Couffon Claude, Granada y García Lorca, Edit, Granada, Buenos Aires, 1967.
9. García Lorca, Federico, Obras Completas, Edit. Aguilar, Madrid, 1954.
10. Francisco Ugarte, España y su civilización, Edit. Random House, New York, 1983.
11. Sánchez Vidal. Agustín, Buñuel, Lorca, Dalí: El enigma sin fin, Edit. Planeta, Barcelona, 1988.
12. Vila-San Juan, José Luis, Enigmas de La Guerra Civil española, Ediciones Nauta, Barcelona, 1972.
13. Girollena, Eduardo de, Un millón de muertos, Ancora y Delfín, Barcelona, 1961.
14. García Lorca, Federico, Selected Poems, Edit. New Directions Publishing Corp., New York, 1955.
15. Granada Television, The Spanish Civil War, 1983, UK Documentary.
16. Períodicos consultados/Newspapers consulted (De años/yrs. 1934-1940) ABC, La Voz, The New York Times, Ideal, The London Times, El Defensor de Granada.

Publicado en la Revista Literaria STET Fall 1993, Año 2, Número 4.

EL CRIMEN

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico.
-sangre en la frente y plomo en las entrañas-.
…Que fue en Granada el crimen
sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada…

Antonio Machado

ODA A WALT WHITMAN

Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas.
con la rueda, el aceite, el cuero v el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para turbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.
Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.

¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿ Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿ Quién el sueño terrible de tus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Withman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un sólo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.
Ni un solo momento, Adán de sangre, macho.
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Withman, te soñaban.
¡También ese! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Withman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ese! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.
Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches Y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y suelo que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.
Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Este es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.
Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de La Habana,
Jotos de México,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Fioras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
iNo haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas,
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.

Duerme, no queda nada,
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.

Federico García Lorca

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~ by Rafael Martel on August 19, 2012.

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