Presencia de Lina

Teresa Cruz

En el Manto Negro, camino al policlínico, en la misma entrada, vi a una señora tirada bocabajo en el piso. Los que estaban alrededor no prestaban atención. Me acerqué, le hablé, pero no contestó: no parecía dormida sino como en un letargo.

Alguien me dijo con sorna: “Se llama Lina de Feria, dicen que es poeta”. Sólo dije: “Lo es”. Al horror diario se sumó éste. Una vez más, lo inconcebible. Hablé en el policlínico, la pusieron en una cama. Indagué un poco, con mucho cuidado, sobre la excusa que se había esgrimido para encerrarla doblemente. Nada sé de cierto, el trabucar de la vida diaria se acrecienta en las prisiones, más aún en una prisión que está dentro de otra.

La Radio Bemba de la prisión -nido de leyendas, tergiversaciones, traiciones de las más bajas, de solidaridades inesperadas- contaba que Lina había entrado a una embajada con un cuchillo de goma, que era esquizofrénica, que estaba opuesta al sistema pero que alguien la protegía. En fin, escaramuzas orales de presidio que entretienen el ocio, el hastío, la desesperación del encierro de muchas reclusas.

Vi muchas injusticias allí: una grande, la que se cometía con Lina de Feria a quien cualquier tribunal, apenas justo, la hubiera enviado a su casa con tratamiento o a un hospital normal. Nunca a algunos pabellones de Mazorra, ni al hospital del Combinado del Este, ni a la Prisión de Mujeres de Occidente, tres Círculos del Alto Infierno a los que se envían en Cuba a los inocentes. No sé lo que es normal, pero en Cuba ningún hospital es eso que regularmente llamamos normal. En cuanto a las prisiones, son imposibles de imaginar.

Apareció un día en la biblioteca del penal, un corral con algunos libros en el que yo trabajaba con ahínco para comprarme algo de paz, una menor severidad y huirle al ocio. Lina era una sombra que recorría el espacio entre la galera en que dormía con otras treinta mujeres y la exigua biblioteca. La soledad pesa en las prisiones; pesa también el no tener un momento de soledad física; pesa esa soledad en compañía.

‘Así sobrevivía Lina, pálida, desnutrida, con el caminar lento y, a veces, la mirada extraviada. Aun así, exudaba talento, savia, humedad de su espíritu que como masa gravitatoria invadía el recinto donde compartíamos durante el día nuestro cautiverio’


Lina de Feria era una niña que jugaba con las palabras que Dios le dio. Esa niña también vislumbraba la realidad torcida o la torcía cuando llegaba a ella. Dios también le dio ese juego fatal que se movía o mueve entre la irrealidad insospechada cuando la sinrazón le arrebataba la cordura. Así vi a Lina, día tras día, niña tímida, ave suave, de canto dulce, de la que brotaba una ternura inusitada que se diluía, en ocasiones, en una mirada extraña en la que se asomada ese gnomo alienante que la martiriza.

Era esa sombra dulce, tímida, cabizbaja, menos cuando estaba frente a la máquina de escribir, cacharro que había en la biblioteca del penal que aliviaba el paso del tiempo y que a mí me trajo más de un problema. Las palabras saltaban a la máquina como fuente continua, así, sin correcciones, se estampaban las palabras en aquellos papeles amarillentos escritos al dorso, pues eran viejos informes. Así escribía Lina. Allí escribía.

Las pastillas eran recurso diario. Se las hacía llegar su madre con la complicidad de algunos guardianes y a veces con la anuencia oficial. Así sobrevivía Lina, pálida, desnutrida, con el caminar lento y, a veces, la mirada extraviada. Aun así, exudaba talento, savia, humedad de su espíritu que como masa gravitatoria invadía el recinto donde compartíamos durante el día nuestro cautiverio.

Estuvo muy poco tiempo en la biblioteca. Eran los últimos meses de 1983 y se acercaba “1984”, un año en el que vivíamos desde hacia mucho tiempo. Uno de esos últimos días de 1983, no recuerdo cuál, llegó a la biblioteca, se sentó ante la máquina de escribir y escribió de un tirón lo que sigue abajo; me lo entregó, sin revisarlo, con una sonrisa suave y me dijo unas palabras muy generosas.

Desapareció como apareció, de un día para el otro. No recuerdo si la enviaron para los otros Círculos en esos días o en otros. El Manto Negro es una ciudadela grande y muchas cosas se hacen de noche.

Los desmanes del Régimen contra ella son los típicos pero no por eso menos aberrantes y dolorosos para el que los sufre y los ve. A nosotros, los exiliados, en acto injusto, casi nadie nos reconoce como víctimas; nosotros, algunas veces, tampoco reconocemos a las víctimas.

Y sí, aunque mucho de lo que se hace en la Isla tiene el sello de ilegitimidad, este premio, al menos, ha sido entregado a una persona de un talento excepcional. Eso le da peso al premio, no como en algunos casos que el único peso del autor es el premio.

Lina: Mucha salud y Feliz 2009. Gracias por tu Feliz 1984 que me entregaste cuando el Manto Negro cubría nuestras vidas.

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~ by Rafael Martel on October 30, 2009.

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